C´est ma Vie, Cuba libre

Una Mexicana en Cuba | Era mi destino ir a Trinidad

de Daniela Olivera Salgado

Era mi destino ir a Trinidad

        Llegamos a Trinidad alrededor de las 7:30, ya estaba obscuro. Al salir de la estación otra vez encontramos a una persona con nuestro nombre. Era el chofer de un bicitaxi que mandaron a recogernos.

         La casa a la que Mery nos había mandado no estaba disponible, así que nos llevaron al hostal «León». El recorrido en bicitaxi fue toda una aventura. Las calles de Trinidad son empedradas, así que había que mantener el equilibrio y tratar de que las maletas estuvieran en su sitio. No recuerdo el nombre de la dueña del hostal, pero era una señora mayor. La habitación estaba al fondo del patio de la casa y era un poco extraña, con el techo muy alto y un mini baño en la entrada, pero era bastante amplia, con dos camas grandes. La señora nos ofreció cena y la aceptamos porque no habíamos comido mucho en el día. Cenamos congrí, pan, carnero en salsa y ensalada; la típica comida cubana. Yo estaba cansadísima pero, de acuerdo con los planes, esa sería nuestra única noche en Trinidad, y no me la podía pasar durmiendo. Teníamos que salir a conocer un poco el pueblo. Después de cenar nos bañamos, nos arreglamos, y nos dispusimos a que Cuba nos sorprendiera una vez más.

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        La señora del hostal nos dijo que como era sábado teníamos que ir a la Casa de la Música. Nos indicó cómo llegar y nos dirigimos ahí. En el camino iba pensando que Trinidad se parece a  Zacualpan, el pueblo natal de mis abuelos en el Estado de México. Si estuviera en México, Trinidad sería un pueblo mágico. Es el más antiguo de Cuba, y conserva mucha de su arquitectura colonial. Las calles son empedradas, como ya dije, y las casas muy pintorescas.

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        Trinidad está atrapada entre el bosque y el mar y esto hace que se sienta una atmósfera muy especial. Cuando llegamos a la parte baja de la Casa de la Música quedé impresionada. Se trata de una plazuela colonial toda hecha de piedra. Hay una serie de escaleras que, más tarde sabría, se conoce como «la escalinata», que conduce a la parte de arriba de la plaza donde hay una explanada con algunas mesas para que el público se siente y disfrute del lugar. A la mitad de la escalinata hay otra explanada en donde se encuentran un escenario y una pista de baile. El ambiente que se vive en «la escalinata» es único; hay muchos cubanos, pero también muchos extranjeros de diferentes nacionalidades. Se forma un ambiente rico entre toda la gente, la música, el baile, las cervezas, los mojitos…

        Cuando Luis y yo llegamos a «la escalinata», ésta estaba repleta de gente. No había donde sentarse. Decidimos subir toda la escalera y desde arriba buscar un lugarcito para sentarnos. Subimos entre la gente hasta que llegamos a la parte superior. Todo estaba lleno. En la parte de atrás hay una especie de construcción parecida a una casa. Ahí estaba un grupo de bailarines vestidos con sus trajes típicos, calentando para empezar su espectáculo. Sus trajes me llamaron la atención. Vi que un turista se estaba tomando una foto con ellos y le dije a Luis que fuéramos y les pidiéramos una foto. Nos acercamos y Luis les pidió la foto. Todos posaron y las mujeres se colocaron junto a Luis tratando de que él se fijara en sus cuerpos que estaban casi desnudos. Adoptaban poses sensuales para llamar la atención de Luis. Después, los hombres se pusieron junto a mí y las mujeres cambiaron su actitud para tomarse la foto conmigo. Les dimos las gracias a los bailarines y nos despedimos.

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         Finalmente encontramos un lugarcito en la escalera y nos sentamos. Pocos minutos después los bailarines empezaron su show. Bailaron unos cuatro números alternándolos con una cantante que la verdad cantaba pésimo puras canciones de Ana Bárbara. Luis y yo las cantamos todas añorando nuestro país, pero felices por haber llegado hasta donde estábamos.

         Tenía la esperanza de que después del show Luis me dijera que era hora de irse a dormir. Pensé que estaba tan cansado como yo. Yo estaba muerta y con una resaca que ni siquiera me dieron ganas de tomar esa noche. Lo que tomé esa noche fue agua. Eran alrededor de las doce y media de la noche cuando le insinué a Luis que era hora de irnos a descansar. Él se había tomado ya varias cervezas y me dijo que ya estaba enfiestado y quería seguir la fiesta. Pensé que él ya me había cuidado varias noches y ahora era mi turno. Le dije que aceptaba quedarme un ratito más. La gente se estaba yendo de «la escalinata»; el lugar se estaba quedando vacío. No sabíamos a donde ir. En la parte trasera escuchamos música. Fuimos hacia allá y descubrimos que había una discoteca. Pagamos el módico cover de $1 CUC y entramos.

        Recuerdo perfectamente que cuando entramos estaban tocando «In da club» de 50 Cent. La discoteca estaba repleta. Había más cubanos que extranjeros. Bailamos un poco y luego dejé a Luis solo un momento para ir al baño. Cuando llegué al baño había una cubana haciendo fila para entrar. La puerta se abrió y salieron tres mujeres, la cubana y yo entramos. ¡Cuál fue mi sorpresa al ver que ahí adentro había tres tazas, pero sin puertas, ni alguna división entre ellas! La cubana se bajó el pantalón y los calzones en un dos por tres. Yo la miré un momento y trate de volverme hacia otro lado. Creí que esperaría a que ella terminara y luego me quedaría sola para hacer lo mío. Mientras ella hacía lo suyo me dijo «Dale mami que aquí hay que orinar todas juntas, sin pena que no te voy a mirar.» No me quedó de otra que hacer pipí enfrente de ella.

         Salí del baño y me encontré una silla desocupada junto a una mesa. Me senté y le dije a Luis que yo quería quedarme ahí un rato y que él podía socializar. Me quedé ahí y Luis, ni tardo ni perezoso, se puso a bailar y caminar por toda la discoteca. Unos minutos después regresó a donde yo estaba y me dijo que había hecho nuevos amigos y estaría con ellos en su mesa. Me presentó a uno de los chicos que acababa de conocer.

— Mira Dani, este es Yosiel. — dijo Luis.

— ¡Hola! — nos saludamos.

— Nos vamos a robar a tu amigo un momentico — dijo Yosiel.

— ¡Claro! Adelante. — Contesté.

         Los siguientes minutos están algo borrosos en mi mente, pero es más o menos así como los recuerdo. Yosiel y Luis se dirigieron a una mesa que estaba a unos metros. Yosiel, desde lejos, no me quitaba la mirada de encima, yo se la sostuve nerviosamente. Me veía y me veía, hasta el punto en que me sentí un poco incómoda. Luis empezaba a socializar con el grupo de cubanos de aquella mesa mientras Yosiel se acercó a uno de sus amigos, que estaba de espaldas y le dijo algo al oído. El muchacho con el que hablaba Yosiel volteó a verme y luego de unos segundos se levantó de su asiento, los dos caminaron hacia mí.

— Mira Daniela, este es mi amigo Ifraín. Baila con él para que no estés sola aquí. — dijo Yosiel.

— ¡Hola! — dijo Ifraín.

— ¡Hola! — contesté.

— Oye vamos para allá a la mesa donde está tu amigo.

— Ok.

         Pensé que si me quedaba sola sentada ahí me quedaría dormida, así que decidí levantarme e ir con Ifraín para la mesa. Además el tal Ifraín estaba muuuuuuuuuuy lindo. Era alto, delgadito, negro, de cabello largo y trenzado, con una cara de niño, de facciones finas y unos ojos preciosos, los ojos más expresivos y hermosos que había visto en mi vida. Andaba bien vestido, con una camisa de cuadros de colores, y pantalón, cinturón y zapatos blancos.

         Llegando a la mesa Luis me dijo que todos los que estaban ahí eran los bailarines con los que nos habíamos tomado la foto. Vi a Ifraín detenidamente y me di cuenta de que, en efecto, él había posado junto a mí en la foto. Luis andaba con una borrachera tremenda, coqueteando con todas las bailarinas. En especial con una de ellas. Me decía que la viera, que estaba guapísima, que se parecía a Beyoncé. Me pidió que le tomara una foto con ella. Cuando vi la foto pensé «mañana Luis se va a morir». La bailarina no tenía nada que ver con Beyoncé; sí tenía un cuerpazo increíble, pero una cara…

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       Mientras Luis estaba en lo suyo, Ifraín trataba de bailar conmigo pero, entre mi cansancio y mi falta de ritmo, yo lo único que bailaba eran los ojos. Como lo de la bailada no funcionó, empezamos a platicar. No recuerdo muy bien de qué hablábamos, pero me empezó a caer bien el negrito. Recuerdo que nos reíamos juntos de la borrachera que traía mi amigo.

        De pronto encendieron las luces de la discoteca y nuestros nuevos amigos nos invitaron a seguir la fiesta en otro lado. Accedimos y salimos de la discoteca todos juntos. En el camino hacia el otro lugar Ifraín no se despegaba de mi lado. No sé en qué momento fue pero caminando muy cerca de mí su mano rozó la mía y él me la tomó. Empezamos a caminar agarrados de la mano. Yo me sentí extraña, pero tranquila y muy bien.

— Oye, ¿haz visto las películas de José José? — preguntó Ifraín.

— No. — contesté.

— ¿ Y las de Vicente Fernández?

— Tampoco.

— Bueno, seguramente si haz visto las de Marco Antonio Solís…

— Mhmhmh… No.

— ¡¿Qué?! Eres mexicana y ¡¿nunca haz visto las películas de José José, Vicente Fernández ni Marco Antonio Solís?!

— Jajajajajajajaja, así es.

         Llegamos al «Rincón de la Salsa» y Yosiel estaba tratando de que nos dejaran entrar a todos. Aquel lugar estaba llenísimo y el portero no nos quería dejar pasar porque éramos como 7 u 8. Mientras estábamos esperando entrar, Ifraín y yo nos besamos. Fue algo que definitivamente no esperaba ni estaba buscando, simplemente se dio así.

         No nos dejaron entrar y nos fuimos a una pizzería llamada «Fando Brothers» que estaba cerca. Llegando ahí nos sentamos todos juntos en una mesa, Ifraín se sentó junto a mí, por supuesto. Luis se fue directo al baño. Mientras esperábamos a que mi amigo regresara Yosiel llamó al mesero y le pidió varias pizzas, espaguetis y cervezas. Pensé que por andar de locos Luis y yo íbamos a tener que pagar un cuentón. Ya ni modo, eso nos pasaba por andar de canijos. Pero no fue así, Yosiel se dio cuenta de mi cara de preocupación y me dijo que él pagaría la comida y, si nos parecía bien, nosotros pagaríamos las cervezas. Le dije que estaba bien. Sentí alivio.

       Luis regresó del baño y ahora platicaba con todos, en especial con un muchacho llamado Roberto. Yo seguía hablando con Ifraín. Le pregunté su edad y me dijo que tenía 23 años, pensé que era muy joven para mí y le dije que era un bebé. El resto de la noche me la pasé diciéndole que era un bebé y él me decía «No soy un bebé, ¡te lo puedo demostrar!». No recuerdo mucho más de toda nuestra plática, lo que sí recuerdo es cuanta confianza me inspiraba Ifraín y el sentido de familiaridad que sentía al estar con él. Era un chico súper agradable, y muy diferente de Adrián. Con Ifraín no me sentía presionada, ni sentía desesperación de su parte. Recuerdo que en nuestra conversación yo le dije que quería regresar a Cuba muy pronto, lo más pronto posible.

— Quiero regresar en abril. — dije.

— ¿Tan pronto? ¿Por qué quieres regresar a Cuba? — preguntó.

— Porque me encantó Cuba, pero perdí mucho tiempo en la Habana y quiero regresar a  conocer otros lugares. Me gustaría conocer Santa Clara y Camagüey.

— ¿Quieres conocer Camagüey?

— Sí.

— ¿Por qué quieres conocer Camagüey?

— Por que está muy bonito. Vi unas fotos de Camagüey en internet y se ve que está precioso.

— ¿Hay fotos de Camagüey en internet?

— Sí.

— Yo soy de Camagüey.

— ¿En serio? ¿Y qué haces aquí en Trinidad?

— Trabajando, en Camagüey no había trabajo. Si regresas en abril yo te llevo a Camagüey y te llevo a conocer a mi familia.

— ¡Perfecto! Es un trato. — le dije mientras estrechaba su mano.

       Durante las siguientes horas Ifraín interrumpió varias veces la conversación para decirme “Tú no vas a regresar, no vas a ir a Camagüey conmigo». A lo que yo respondía siempre «Es una promesa, voy a regresar». En ese momento no me imaginaba el alcance de aquel juramento.

— Oye dame tu teléfono. Apúntalo aquí. — le dije mientras le daba una libretita que llevaba conmigo. — Y apunta también tu correo.

— Bueno te escribo el número del móvil, porque correo no tengo.

—¿Cómo no vas a tener correo? Todos los cubanos tienen.

— Yo no, no tengo a nadie a quien escribirle por correo. Además eso cuesta dinero.

— ¿Y de Facebook mejor ni hablamos verdad?

— Jajajajaja, no tampoco tengo.

         Arranqué una hoja de mi libreta en donde escribí todos mis datos, y cuando digo todos me refiero a tooooodos. No le puse mi número de seguro social porque de plano no me lo sé de memoria, si no, también se lo habría escrito.

        Poco a poco los bailarines se empezaron a ir de la pizzería, hasta que llegó un momento en que sólo nos quedamos Luis, Ifraín y yo en la mesa. Luis ya estaba desvariando de la borrachera que traía encima. Eran alrededor de las 5 de la mañana cuando le dije a Ifraín que debíamos irnos porque Luis ya se tenía que dormir. Salimos de la pizzería e Ifraín se ofreció a acompañarnos al hostal donde nos hospedábamos. A medio camino noté algo raro en él: le faltaba la mochila en donde traía su vestuario. La había olvidado en la pizzería y me pidió que fuera con él a recogerla. Luis nos espero en un callejón. Ifraín entró por su mochila mientras yo lo esperaba afuera. Cuando salió corrió hacia mí, como si fuera su novia y no me hubiera visto en años y me dio un beso que nunca olvidaré. Regresamos hasta donde estaba Luis esperándonos y seguimos nuestro camino.

       Cuando llegamos a la puerta del hostal lo invité a pasar. Me dijo que podía ser peligroso si la gente de la casa se daba cuenta. Nos arriesgamos y entramos juntos. No puedo dar muchos detalles de lo que pasó a continuación, sólo puedo tratar de resumirlo con una típica expresión cubana: «¡Ay mi madre!». Lo demás lo dejo a la imaginación. Eso sí, Luis dormidísimo, roncando. Salí a despedir a Ifraín como a las 7 de la mañana. Afortunadamente los dueños del hostal no se dieron cuenta de que él había entrado conmigo. Mientras nos despedíamos me preguntó que cuando me iba, le dije que ese mismo día. Me pidió que no me fuera que más tarde vendría a buscarme para ir a la playa. Acepté con mucho gusto.

        Regresé a la habitación y dormí tres horas y media. Me levanté a las 10:30 de la mañana sintiéndome de lo mejor. Le dije a Luis que nos quedaríamos un día más en Trinidad para que yo pudiera ver y estar con el negrito, a lo que él contestó «Ya lo sabía». Me di un baño y me puse guapa ya que Ifraín había quedado de llegar por nosotros a las 11. A la hora de la cita salí a la calle y, para mi sorpresa, me encontré con Roberto, el bailarín con el que Luis había conversado en la pizzería la noche anterior. Le dije que en un momento Luis saldría. No sé muy bien cómo pasó, pero de alguna manera Luis  Roberto e Ifraín habían hecho planes para ir a la playa al otro día y yo ni enterada. Unos minutos después llegó el taxi que nos llevaría a la playa e Ifraín ni sus luces. Roberto me prestó su celular para llamarlo, y lo único que conseguí fue escuchar las peores palabras que he escuchado en mi vida, y con el peor tiplecito, «El móvil que usted llama está apagado o fuera del área de cobertura». Nos fuimos a la playa sin Ifraín.

         He hablado muchas maravillas de Trinidad y puedo afirmar que la belleza de este lugar se puede observar y sentir en el recorrido que uno hace camino a la playa. Todo el trayecto se acompaña de sus majestuosas montañas, pero también de su clima cálido y su ambiente tropical y de playa. Es casi indescriptible, un lugar que hay que visitar, por lo menos, una vez en la vida. Pasamos un buen día en la playa con Roberto que es un muchacho agradable. Me dijo que tal vez Ifraín llegaría ahí, pero nunca lo hizo. Roberto se tuvo que ir a trabajar, pero quedamos con él de vernos en «la escalinata» en la noche, y me prometió que hablaría con Ifraín para que fuera.

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         Regresamos a Trinidad a eso de las 5 de la tarde. Buscamos un lugar donde comer, que por cierto estuvo bastante malo, y luego compré una tarjeta de teléfono. Intenté localizar a Ifraín, pero no tuve éxito: «El móvil que usted llama está apagado o fuera del área de cobertura», otra vez. Regresamos al hostal a tomar una siesta, yo estaba literalmente d

esmayándome de cansancio.

       Nos levantamos a las diez de la noche y salimos a «la escalinata» para ver si nos encontrábamos a nuestros amigos de casualidad. No tuvimos suerte. Nos sentimos muy decepcionados. De regreso a la casa pasamos por la pizzería, en donde comimos y nos tomamos unas últimas cervezas Bucanero. Además de tristes, estábamos un poco preocupados porque no sabíamos có

mo íbamos a hacerle para regresar a La Habana. No habíamos podido conseguir taxi, y la señora del hostal nos dijo que a esas alturas era casi imposible conseguir Viazul. Nos dormimos a las dos de la mañana y nos levantamos a las 6:30 am para irnos a conseguir taxi.

         Un bici taxi nos llevó a la terminal del Viazul y nos dijo «Esperen un momento, voy a conseguirles taxi». Cinco minutos después regresó para decirnos que ya teníamos taxi, y nos cobraría los mismo que el Viazul hasta La Habana. Ese regreso a la capital sería una de las experiencias más interesantes de mi vida.

         El chofer se llamaba Nolier y tenía un almendrón azul, viejo. Los asientos estaban cómodos, pero el auto no tenía aire acondicionado. Nolier nos dijo que, como hacia calor, teníamos que bajar los vidrios, que eso sería el «aire acondicioplado» del camino. Luis se sentó en el asiento del copiloto. Yo viajé atrás junto a una mujer cubana y su hijo de unos quince años. Trate de dormir un poco en el trayecto, pero no pude. Paramos varias veces para ir al baño y también para buscar gasolina clandestina. Llegamos a La Habana a las 2 de la tarde.

 


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