C´est ma Vie, Cuba libre, Cultura y Arte

Una Mexicana en Cuba | La última noche

de Daniela Olivera Salgado

La última noche

         Lo primero que hice llegando a la Habana fue bañarme. Con eso del «aire acondicioplado» terminé toda empolvada. El agua en la regadera salía negra de mugre. Después, Luis y yo decidimos dar nuestro último paseo por la Habana.

       IMG_2604   Caminamos por la Calle Obispo, en donde yo compré varios libros sobre la Revolución Cubana. Y alfinal, nos detuvimos en un restaurante para comer. Luego, seguimos nuestro paseo hasta llegar a la Catedral. Tomamos un taxi hasta la casa y de ahí llamamos a Kevin y a Adrián, para salir una vez más con ellos y despedirnos. Durante la tarde descansamos un poco y empacamos nuestras maletas. Yo no podía dejar de pensar en Ifraín. Incluso volví a intentar comunicarme con él desde la Habana, pero nunca funcionó.

         A eso de las nueve, llegaron nuestros amigos para una última noche. Los dos iban impecablemente vestidos y perfumados, muy guapos. Caminamos todos juntos un poco hasta llegar a una pizzería frente al malecón. Nos tomamos varias cervezas y pedimos dos pizzas. Adrián me preguntó si en mis días fuera de la Habana había conocido a alguien más. Le mentí y le dije que no. Más tarde, caminamos hacia un bar, el mismo al que Luis y Kevin fueron la primera noche, que se encontraba a unas cuantas cuadras de Casa de Mery.

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         Nos divertimos mucho esa última noche, ¡gozamos hasta que pudimos! El que parecía bastante triste era Kevin. Pude notar mucha melancolía y añoranza en su mirada. Era como si literalmente hubiera querido hacerse chiquito y meterse en uno de nuestros bolsillos. Era como si supiera que nosotros regresaríamos a una vida ajena y distante para él, y nunca nos volveríamos a ver. Por su parte, Adrián jugaba sus últimas cartas diciéndome que quería que él y yo hiciéramos un pacto para la eternidad, que como nuestro amor no había dos, que quería una relación seria conmigo y no sé cuánta cosa más… Yo a todo respondía que sí y me hacía la tonta, pero sabía que nada de eso sucedería.

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         Estuvimos unas horas más con ellos. En ese tiempo pasamos una serie de eventos que no mencionaré con detalles. Sólo puedo decir que tuve mucho miedo de lo que vi y me enfrenté a un mundo totalmente desconocido para mí. ¡Qué experiencia! (No piensen tal mal). Por ejemplo, fuimos a dar a un lugar en donde había un santero negro, enorme. Sin que nosotros pronunciáramos una palabra, se acercó, nos olfateo y dijo «Estos son Mexicanos, cuidado porque los mexicanos cortan cabezas».

        Luis y yo regresamos a la casa a las 7 de la mañana, después de prometerles, en vano, a Kevin y a Adrián que nos volveríamos a ver muy pronto.

        Dormimos unas 4 horas y nos levantamos para bañarnos e irnos al aeropuerto. Me costó mucho trabajo despedirme de Mery, de su casa y del edificio América. He hablado con otras personas que han viajado a Cuba, y todas coinciden conmigo en que despedirse de Cuba es como despedirse de un muy buen amigo, de un viejo amigo que te conoce como nadie y que te ha dado lo que nadie. Despedirse de Cuba es dejar atrás días de aventura, gente amorosa y cálida, y un pedazo de tu corazón.

         Un taxi nos llevó de la casa de Mery al aeropuerto. Al dar la vuelta sobre la Calle Infanta, justo al dejar atrás el edificio América, en el radio empezó a sonar «la canción», esa canción de Prince Royce que nos acompañó todo el viaje… «Y aunque la vida tal vez nos haya llevado por distintos caminos, no somos súper humanos para controlar o cambiar el destino… Sigo siendo ese que da la vida por estar contigo». De pronto sentí las lágrimas rodar por mis mejillas. Fue inevitable. Una sola idea permanecía en mi cabeza: tenía que regresar a Cuba en Semana Santa y tenía que volver a ver a Ifraín. Pensé que si no me podía comunicar con él antes, regresaría el Sábado de Gloria a buscarlo a «la escalinata», y ahí lo encontraría bailando. Tenía ya todo planeado en mi mente.

        Llegamos muertos al aeropuerto. Los dos moríamos de sueño. Volví a llamar a Ifraín, pero nada. Luis llamó a Roberto y nada. Finalmente llegó el momento de partir. Sentí una gran tristeza mientras ese avión se alejaba de Cuba. Dos horas y media después aterrizamos en México. Lo primero que hice, mientras esperábamos las maletas, fue escribirles a mis amigas Erika y Cristina, y contarles que había regresado enamorada de Cuba.

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Este solo es el final del comienzo , Daniela volverá a Cuba , como lo prometio.

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