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Una Mexicana en Cuba | La Cubanización

de Daniela Olivera Salgado

La Cubanización

         Desde que supe que el viaje era un hecho llamé a Mery. Quería volver a quedarme en su casa a mi llegada a Cuba. Me sentía un poco incómoda al llamarle porque tenía que avisarle que al término del viaje pasaría unos días en su casa con mi novio. Sabía que a Mery no le gustaba mucho la idea de tener cubanos metidos en su casa, por la experiencia que tuvimos con Kevin, así que no sabía cuál sería su respuesta.

— ¡Mery voy otra vez a Cuba!

— Niña, ¿tan pronto?

— Sí, te dije que volvería pronto, y yo cumplo lo que prometo. Voy con mi amiga Cristina. El plan es llegar ahí, estar dos noches contigo, después salgo a viajar un poco y al final pasaré dos o tres noches en tu casa otra vez.

— ¡Perfecto señorita!

— Mery, quiero pedirte algo y me da mucha pena… Es que en enero conocí a un muchacho en Trinidad y quiero que se quede conmigo en la Habana cuando regresemos a tu casa.

— ¿Pero qué cosa tiene Trinidad? Todas mis clientas conocen hombres en Trinidad, y después regresan a verlos.

— Jajajajaja, ¿en serio Mery?

— Sí, de verdad. Si yo no tuviera novio me iría a Trinidad a buscar uno. No te preocupes Daniela que aquí tu amigo será bienvenido. Eso sí, tienes que quedarte en una habitación con él y tu amiga en otra. No pueden estar juntos los tres porque se malinterpreta todo.

— Sí, claro.

— Bueno, nos vemos pronto entonces.

         Unos días antes de regresar a Cuba Ifraín me dijo que me mandaría una foto por correo. Llevábamos poco más de dos meses escribiéndonos y hablándonos, y yo viendo una sola foto y el canijo ¡nunca me había dicho que podía mandarme fotos! En fin, llegó la foto y se veía chulísimo y ¡súper sexy! Me encantó la foto. Se veía más guapo de lo que lo recordaba.

        El día antes de irnos, Cristina y yo nos pasamos toda la tarde haciendo compras. Llevamos artículos de aseo personal, sopas Maruchan, barritas de granola, galletas, dulces, chiles en vinagre, etc. También fuimos al salón de belleza a ponernos guapas y compramos algo de ropa. Yo llevé varias cosas para Ifraín: algunas playeras, desodorantes, unos lentes para sol, bóxers, y unas gorras. La verdad él nunca me pidió que le llevara estas cosas, yo lo hice porque sabía que las necesidades en ese país son muy grandes.

        Unas horas antes de salir a Cuba llame a Ifraín para decirle que nos veríamos hasta el lunes. Yo llegaba a la Habana un sábado y viajaría a Trinidad el lunes para encontrarnos. A él no le pareció muy buena idea, pero yo necesitaba quedarme en la Habana un par de días para que mi amiga pudiera conocer un poco. Después de hablar con él le pasé a mi mamá. Hablaron muy poco porque mi mamá no le entendía nada al cubano; ella le decía que me cuidara mucho y él le decía que fuera a Cuba, y nada más. Ese fue un problema que yo tuve con Ifraín durante un tiempo. A veces en el teléfono yo no le entendía nada, ni él a mí. Por ejemplo, le tuve que explicar el significado de la expresión «no me des el avión». A veces, él tenía que repetirme lo mismo tres o cuatro veces para que yo pudiera entenderle. Poco a poco la comunicación mejoró.

       En fin, llegó el día y Cris y yo nos subimos al avión. Durante el vuelo me tomé dos whiskys. Estaba nerviosísima, sacaba mi teléfono y veía la foto sexy de Ifraín y le decía a mi amiga «Voy por esto, ¡sí voy!» Y nos reíamos mucho.

        Al llegar a la Habana pasamos sin problemas la aduana. En el último filtro la oficial se nos quedó viendo sospechosamente por la cantidad de equipaje. Llevábamos 4 maletas grandes y dos mochilas. La oficial nos preguntó que si todo eran cosas personales. Le dijimos que eran nuestras cosas y algunos regalos. Nos miró celosamente por un momento, pero nos dejó pasar sin problemas. Salimos y ya nos estaba esperando el taxista que Mery había mandado por nosotras. Esta vez se llamaba Julio. Era un hombre muy amable de unos treintaitantos, muy delgado, apiñonado, de ojos verdes. No estaba nada mal.

        El recorrido a casa de Mery fue el mismo que la primera vez. Pasamos por la Plaza de la Revolución y mi cuerpo se estremeció. ¡Ahora sí me la creí! ¡Estaba una vez más en Cuba y volvería a ver a Ifraín! Llegamos a casa de Mery y nos acomodamos. Estaba feliz de volver a ver a Mery y viceversa. Salimos a caminar un poco por la Rampa mientras la comida estaba lista. Un hombre se nos acercó y le dijo a mi amiga Cristina que si traía ropa, perfumes, zapatos, jabones, etc., se los cambiaría por botellas de ron. La mamá de Cris le había dado un poco de ropa usada para regalar allá. El tipo la empezó a enredar hasta el punto de invitarla a salir. Yo corté la conversación de tajo y le dije a mi amiga que era hora de irnos.

— Amiga, aquí debes de tener mucho cuidado con la gente, no te debes dejar enredar. Yo sé que tú eres muy sociable, pero aquí eso no funciona, así que hazme caso y no hables con cualquiera.

Busqué un teléfono público, y utilizando la misma tarjeta que había usado para buscar a Ifraín, le llamé.

— Dimeeee.

— ¡Hola mi amor! Ya estoy en la Habana.

— ¡Qué bueno mi amor! ¿Entonces vienes hasta el lunes?

— Sí.

— Eso no me gusta, pero no importa. Oye no te vayas de fiesta en la Habana ehhh. Tranquila que ya habrá mucha fiesta conmigo.

— Jajajaja sí mi amor, no te preocupes. ¿Dónde estás?

— Vine al hotel porque estaba aburrido en mi casa y estoy con un amigo tomándome unas cervezas.

— Ok te llamo en la noche.

— Ok, besos.

       Regresamos a la casa y una vez más pude probar la deliciosa comida de Mery. Aunque el menú no es muy variado, su sazón es inigualable: otra vez congrí, pollo en su jugo con piña y aceitunas, y ensalada. Todo exquisito.

        Después de comer Mery, Cris y yo nos fuimos al malecón. Cuando íbamos caminando un tipo se le acercó a Cristina y le dijo «Oye que linda estás, ¿eres artista de cine? ¿De dónde eres?». Inocentemente, Cris le respondió y se rió de su comentario. Eso bastó para que el tipo le tomara la mano y no se nos despegara por las siguientes dos horas.  No recuerdo el nombre del tipo, pero nos dijo que era enfermero en un psiquiátrico. No sé si Cristina se sentía apenada de hacer al tipo a un lado y por eso no le dijo nada para alejarlo, o si tal vez le gustaba la atención que él le brindaba y por eso no hizo nada. Nos sentamos junto al Hotel Nacional y más tarde llegó Vladimir, el novio de Mery. Vladimir habló unos minutos con el enfermero y por fin hizo que se fuera. Yo estaba loca por que dieran las 11 de la noche para volver a llamar a mi negrito. A esa hora seguíamos en la calle y le pedí a Mery su celular para poder llamarlo. Ella accedió y me comunicó.

— Oye niño soy tu suegra cubana, oíste. Te paso a tu novia.

— Hola mi amor, ¿quién es esa mujer con la que hablé?

— Es Mery, la señora del hostal donde me quedo en la Habana.

— Ah ok.

— Mi amor estamos en el malecón tomando unas cervezas, pero ya en un momento nos vamos a la casa. Mañana te llamo. Cuídate y nos vemos muy pronto.

— Ok mi amor. Cuídate y nos vemos.

Regresamos a la casa y nos fuimos directo a la cama. Estábamos muy cansadas.

        A la mañana siguiente me desperté con tremendo dolor de cabeza por tanta cerveza que tomamos la noche anterior. Después de desayunar Vladimir se ofreció para ser nuestro guía de turistas y darnos un paseo por la Habana. Salimos de la casa como a las 11 de la mañana y caminamos como nunca. Nuestra primera parada fue la Universidad de la Habana, que está justo detrás de la casa de Mery. Más tarde, caminamos hasta la Plaza de la Revolución, uno de mis lugares favoritos de esa ciudad. Llegamos hasta la Habana Vieja y Centro Habana. La pobre de Cris tenía ya ampollas en los pies. Recorrimos la Plaza Vieja y llegamos hasta la Catedral. Me acordé mucho de Luis y de los buenos ratos que pasamos juntos en la Habana. Extrañaba las pláticas profundas que teníamos y las tonterías de las que nos reíamos juntos durante nuestro viaje. No lo he vuelto a ver desde nuestro viaje a Cuba. Aunque estamos en comunicación lo extraño mucho.

       Platicando con Vladimir durante el recorrido supe que Mery había sido militar. Su difunto esposo fue uno de los revolucionarios que entró a la Habana junto con Fidel Castro el 1 de enero de 1959 celebrando el triunfo de la revolución. Él y Mery habían trabajado para la revolución su vida entera. En casa de Mery está prohibido cuestionar la revolución o a Fidel Castro.

      Llegando a la casa, Mery nos dio de comer y nos dijo que nos bañáramos y nos arregláramos pues nos llevaría a una función de teatro. Una de sus sobrinas de apenas 13 ó 14 años de edad es bailarina de la compañía Liz Alonso, una de las organizaciones artísticas más reconocidas e importantes de Cuba. Pensé que me iba a aburrir porque, a decir verdad, los shows de danza no son lo mío, pero la verdad estuvo bastante entretenido. Saliendo de ahí caminamos hasta la casa. En el camino nos encontramos a un grupo de policías y a Cristina y a mí se nos salían los ojos. ¡Qué guapos estaban los condenados! ¡De todos tamaños, sabores y colores! Mientras yo los veía Mery me dijo «Cuidado niña que usted ya tiene lo suyo». Me reí mucho y le dije «Sí, pero ¡hoy es mi despedida de soltera!».

Compramos unas cervezas y nos fuimos a la casa. Ahí, Mery, Vladimir, Cristina y yo pasamos el resto de la tarde muy a gusto entre cervezas, plática y risas.

— Mery vamos a ir a Camagüey a conocer a la familia de Ifraín. Tengo muchos nervios y un poco de miedo.

— ¡Niña, pero que vas a ir a hacer tú hasta Camagüey! ¡Eso está lejísimos! — interrumpió Vladimir.

— Jajajaja, pues con mi novio y su familia, a conocerlos.

— Daniela enséñame una foto del afortunado. — me pidió Mery.

Les enseñé la foto sexy de Ifraín.

— ¡Dios mío Daniela, qué clase de mulato te fuiste a encontrar! Oye se ve muy lindo el negrito este. — dijo Mery.

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— Ahijada,(desde ese viaje me convertí en hija de Mery y la ahijada de su novio)tú sí que vienes directo a la Cubanización. Te tienes que preparar psicológicamente para el encuentro con ese muchacho. ¡Pura candela ahijada! Además te vas hasta Camagüey a conocer a la familia cubana. Te digo yo que esto es la Cubanización, vas a regresar cubanizada a México.

         Mery se estaba deshaciendo de gran parte de su biblioteca personal. Tenía varias cajas llenas de libros y me dijo que los mirara y si había algunos que me gustaban me los vendería en muy buen precio. Escogí como 20 libros, algunos de la historia y la revolución cubana. Uno de ellos era «Evocación», escrito por Aleida March, una cubana que fue esposa del Che Guevara. Otro de los ejemplares que tomé fue «Como agua para chocolate», de la mexicana Laura Esquivel. Por la noche llamé a Ifraín, los dos ya no podíamos de la emoción. Al día siguiente Mery nos consiguió el viaje a Trinidad. Nos iríamos a la una de la tarde en una camioneta con otros 5 turistas y nos cobrarían $25CUC por persona.


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