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Una Mexicana en Cuba | Camilo Cienfuegos #208

de Daniela Olivera Salgado

Camilo Cienfuegos #208

         El lunes en la mañana Cristina y yo nos levantamos temprano para hacer nuestras maletas. No podíamos llevarnos todo por cuestión de espacio, así que debíamos dejar algunas cosas en casa de Mery. Tuvimos que regalar toda la ropa que traía Cris, pues no la podíamos llevar cargando hasta Camagüey. Después nos arrepentimos. Llamé a Ifraín a eso de las 11 para avisarle que llegaría a Trinidad alrededor de las 5 de la tarde.

        A la una en punto pasó el chofer por nosotros. Éramos las primeras dos. Nos sentamos en el asiento de en medio de la camioneta. Las siguientes tres horas las pasamos recogiendo gente por toda la Habana. Recogimos a un francés que iba con una cubana, a una austriaca que iba con un cubano y a una estadounidense. Salimos de la Habana a las 4 de la tarde y yo no podía avisarle a Ifraín que iba atrasada.

         En el camino la más emocionada y platicona era la gringa. Era una señora de unos cuarentaitantos, gordita, muy simpática. Nos preguntó a todos que de dónde éramos, cada quien dijo su nacionalidad, pero el cubano que iba con la austriaca dijo que era haitiano. Se estaba haciendo el chistosito. Desde el momento en que se subió a la camioneta me cayó mal. En primer lugar, mandó a la mujer hasta atrás y él se sentó como rey adelante, a pesar de que ella le pidió amablemente sentarse al frente. A mitad del camino, como a las 6 de la tarde paramos a estirar las piernas y comer algo en «La Aguada», un parador muy famoso. Todos pedimos bocaditos de jamón y queso (sándwiches). Estaban deliciosos, hechos con un pan en forma de cocodrilo. Estando ahí vi como la austriaca se le acercó al disque haitiano para darle un beso y un abrazo y él la rechazó completamente diciéndole «Tranquila hija». Me sentí muy mal por ella, se veía que ella estaba totalmente perdida por el tipo ese, que por cierto era un negro de muy buen cuerpo, pero bastante feo. Pensé que tal vez eso podía pasarme con Ifraín. Le dije a mi amiga que si el negrito me hacía eso a mí lo mandaba directo a ya saben dónde. Imagínense, ir hasta Cuba a ver a un hombre para que te haga esos desprecios… ¡Eso sí que no!

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         Seguimos nuestro camino y así como hacía en el avión, sacaba mi teléfono y veía la foto que Ifraín me había mandado y pensaba «¡Voy por ti!». Sentía todas las emociones que se puedan imaginar: nervios, miedo, felicidad, alegría… ¡Todo al mismo tiempo! Lo que tenía en el estómago no eran mariposas, eran gaviotas. ¡Lo volvería a ver! Después de que mil veces pasó por mi mente la idea de que tal vez nunca se volvería a cruzar por mi camino, ¡lo volvería a ver! Lo único que me preocupaba era que ya eran más de las siete de la noche y yo todavía no había llegado a Trinidad.

        Quedaba muy poco para llegar a Trinidad, menos de 50 kilómetros. Yo iba escuchando música, perdida en mis emociones y pensamientos. De pronto sentí que el chofer empezó a frenar y a ir muy despacio. Fijé mi mirada en la carretera y vi algo muy extraño. Vi algo que parecía una especie de alfombra roja viva cubriendo la carretera. ¡Eran cangrejos! Hay épocas de migración de cangrejos hacia la playa, y como no tienen por donde más pasar, buscan su camino por la carretera. Los carros, camionetas y autobuses pasan por encima de ellos. En las orillas de la carretera también hay gente cazándolos. Muy pocos llegan a su destino. Es una escena bastante triste y angustiante. Al darme cuenta de lo que estaba pasando le subí a la música y cerré los ojos. De pronto los volví a abrir y vi las luces de Trinidad a lo lejos.

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       ¡Por fin llegamos! Eran casi las nueve de la noche. La cangrejera nos había atrasado mucho más. Cuando abrimos las puertas de la camioneta para dejar a la austriaca y al haitiano-cubano, el olor a cangrejo era penetrante, me dio mucho asco. El chofer nos llevó a mí y a Cris hasta la casa que nos había conseguido Mery. Le pedí que nos consiguiera dos habitaciones ya que yo… ¡Iba de luna de miel!

Llegamos a la casa y la señora nos indicó que ahí sólo tenía una sola habitación disponible, pero que uno de sus vecinos a media cuadra tenía otra. Yo me instalé en casa de Rosy y llevé a Cris a casa del vecino, Rogelio. Antes de salir de casa de Rogelio le pedí su teléfono para llamar a Ifraín.

— Dimeeee

— ¡Hola mi amor! ¡Ya llegué! ¡Estoy en Trinidad!

— Oye pensé que ya no venías, que ya te habías arrepentido. Dijiste que llegabas a las 5  y son más de las 9.

— Sí, discúlpame, tuvimos contratiempos en el camino, ya te platicaré.

— ¿En dónde estás? Voy por ti ahora mismo.

— Mira vengo sudada y cansada por el viaje. Dame tiempo para bañarme y nos vemos en una hora.

— ¿Una hora? ¡No! ¡Eso es mucho tiempo! ¡Te doy media hora!

— Jajajaja, ok, ok. Ven por mí a las 10 en punto. La dirección es Camilo Cienfuegos #208.

— Mira a las 10 en punto sales a la puerta de la casa.

— Ok nos vemos entonces.

        Salí despavorida hacia la casa de Rosy. Me bañé en dos minutos y me maquillé en cinco. Rompí récord. Me puse un vestido rosa y salí a la calle a las diez con siete minutos. La calle estaba vacía, a excepción de tres o cuatro personas que caminaban por ahí. Me fijé en cada una de ellas, ninguna era Ifraín. De pronto pasó un almendrón con tres o cuatro hombres y me gritaron «¡Linda!». Me metí a la casa y cerré la puerta. Rosy y su hija de unos siete años estaban sentadas en el patio, cerca de mi habitación. Me senté con ellas. Era un manojo de nervios y Rosy lo notó.

— ¿Y el novio no ha llegado?

— No. Dijo que venía a las diez. Ya son casi diez con quince y no aparece. Espero que ya no tarde.

— ¿En qué trabaja?

— Es bailarín en el Hotel Brisas y en la escalinata.

No recuerdo el resto de nuestra conversación. Mi mente estaba en otro lado. A las 10:20 le pedí que me prestara su teléfono. Llamé a Ifraín.

— Estoy en la esquina de la casa, llegó en menos de un minuto, sal a la puerta.

        Colgué el teléfono y no pude reaccionar. Era como si hubiese estado pegada con resistol a la silla. Ahí me quedé sin moverme, sin decir nada. De pronto, el timbre de la casa sonó y la hija de Rosy salió corriendo del patio para abrir la puerta. ¡Era él! Escuché su voz preguntar «¿Está aquí Daniela?».

No sé cómo me pude levantar de esa silla. Entré a la sala de la casa y lo vi parado en la entrada. ¡No lo podía creer! Se veía increíblemente guapo, impecable. Su cabello seguía trenzado, pero estaba más corto que cuando lo conocí. Se veía recién afeitado. Vestía una camisa gris claro, unos pantalones blancos y unos tenis beige. ¡Se veía guapísimo! (Ya lo dije, pero lo reitero) Y sus ojos, esos ojos seguían exactamente igual, con la misma expresión, luz y hermosura que tenían aquella noche en que nos conocimos.

— Hola

— Hola, ¿Cómo estás?

Nos saludamos sin tocarnos.

Nos miramos uno al otro por unos segundos y de pronto, así como impulsada por un resorte, salté hacia él y lo abracé. Lo abracé con la fuerza con la que se abraza a alguien que has extrañado toda tu vida. Nos besamos ahí mismo, en la puerta de Camilo Cienfuegos #208.


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