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Una Mexicana en Cuba| Adiós Camagüey

de Daniela Olivera Salgado

Adiós Camagüey

          El sábado en la mañana nos arreglamos para ir a caminar un poco por las calles del centro de la ciudad. Ifraín nos dijo a Cristina y a mí que nos pusiéramos vestido, que no podíamos ir de short y playera. Nos dio mucha risa. Ifra, Yole, Cristina, Mimi, Ronni y yo nos fuimos a pasear juntos.

Yo había llevado unas tortillas de harina y queríamos comprar queso para hacer unas quesadillas a la hora de la comida. Cuando llegamos al centro lo recorrimos casi todo a pie y parábamos en cada uno de los lugares donde Mimi creía que podíamos encontrar queso. No había queso por ningún lado, de ningún tipo. ¿Se imaginan? ¿Recorrer entero el centro de una ciudad y no encontrar queso? Eso es el pan de cada día en Cuba. Las cosas más esenciales y comunes como queso o papel de baño pueden escasear por varios días.

Paramos a almorzar en un restaurante de comida italiana, llamado Isabella, en el centro de Camagüey. ¡Comimos riquísimo! Cuando pedimos la cuenta pensé que Cristina y yo pagaríamos la mitad cada quien, pero no fue así. 

De regreso a casa paramos en la calle Cuba, donde se encuentra una de las tiendas o «chopin» (como dicen los cubanos) más grandes de Camagüey. En la parte de afuera hay varias personas vendiendo comida y artículos de higiene clandestinamente. Venden queso, jamón, carne, toallitas húmedas, jabones, pañales, etc. Pudimos comprar queso finalmente, aunque nos costó carísimo. Era un cubo de queso gouda de unos tres kilos y costó 20 dólares.

 

Por la tarde fuimos a casa de Mimi a hacer las quesadillas y convivimos ahí todos juntos. Mi corazón estaba lleno. No hay sensación y sentimiento mejor que sentirte bienvenida en una casa en donde eras una completa desconocida hace menos de una semana. Me sentía parte de familia y estaba feliz. No importaba que el departamento fuera un lugar pequeñito, sin aire acondicionado y sin agua corriente, lo que importaba era la calidez de las personas con las que estaba ahí.

Por la noche salimos todos juntos al «Callejón de los Milagros», en donde se encuentra un bar llamado «Casa Blanca». No se podía fumar adentro y Yole y Cristina salieron un momento a fumar. Cuando regresaron nos dijeron que afuera estaba Leoni Torres, un cantante cubano súper famoso en la isla. No hicimos mucho caso y ahora me arrepiento. Leoni es un gran cantante, además de estar hecho un bombón.

 

Ifra y yo estábamos felices de estar juntos y rodeados de toda su familia. Estábamos jugando un jueguito con mi iPod y muertos de la risa. Cristina estaba sentada a mi izquierda y yo podía sentir su mirada fija en nosotros. Era una mirada de envidia. Interrumpió varias veces nuestro juego para preguntar «¿De qué tanto se ríen? ¿Qué tanto hacen?». Ifra y yo no le hacíamos caso y se notaba que ella estaba desesperada por hallar la forma de terminar con nuestro momento de risas.

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De pronto comenzó el show de bailarines en aquel bar. Obviamente a Ifra le gusta ver los shows de baile así que me dijo «Mi amor, no te molestes, pero voy a ver el show». Claro que no me iba a molestar por eso, así que Ifra giró un poco su silla, pero sin darme la espalda completamente. Una pareja de bailarines salió al escenario. Yo no estaba poniendo mucha atención, lo único que recuerdo es que estaban bailando salsa y la bailarina obviamente tenía un cuerpazo. Aprovechando que Ifra estaba volteado y entretenido, Cristina me dijo:

 

Oye amiga te quiero preguntar algo, pero no te enojes.

— No, dime.

— ¿Qué onda contigo y con Ifra? ¿Van a seguir andando o qué?

— No sé, no hemos hablado de eso todavía.

— Ay amiga, pues ten mucho cuidado.

— ¿Por qué?

Amiga pues mira a esa bailarina… Guapísima, cuerpazo, y hace lo que le gusta hacer a Ifra. Así hay miles en Cuba. ¿De verdad crees que no te pondría el cuerno con una así? Piénsalo muy bien.

— No sé lo que haría Ifraín o no. Lo único que sé es que en estos días que he estado aquí me ha tratado como reina y ahorita eso es lo único que me importa. Si después se encuentra a una como esa, ese es problema suyo, no mío.

Le callé la boca a Cristina, pero me sentí muy mal con su comentario. Unos minutos después Ifra me pidió que lo acompañara afuera para fumarse un cigarro. Estando afuera le platiqué lo que había dicho Cristina. Se quedó callado por un momento y cuando vio que mis ojos se llenaron de lágrimas me abrazó.

— No llores, no dejes que te afecte lo que te dijo Cristina. Yo no había querido decirte nada, pero desde que conocí a Cristina tuve una mala impresión. La hemos pasado bien con ella porque es fiestera y chistosa, pero no parece muy buena amiga y además te tiene mucha envidia. Eso se nota. Yo no sé qué va a pasar entre nosotros, pero creo que en estos días me he portado bien contigo y tú te has sentido de lo mejor conmigo, y yo también he estado muy contento. Antes de que te vayas vamos a hablar para ver qué va a pasar entre nosotros. Por ahora, sonríe, no le des el gusto a Cristina de verte mal y de verte triste. Eso es lo que ella quiere y por eso te dijo eso.

— Sí tienes razón, no le daré el gusto, y tú y yo hablaremos después.

Salimos temprano del bar y fuimos a dejar a todos a la casa. Yole, Cristina, Ifra y yo fuimos por una cerveza más a un lugar en las afueras de Camagüey. Después regresamos al hostal.

A la mañana siguiente fuimos a casa de Mimi a despedirnos. Las despedidas en Cuba son las más tristes. Pienso en aquel momento y todavía se me hace un nudo en el estómago. No sabía si volvería a ver a esa familia, a esas personas que me habían abierto las puertas de su casa y de su corazón.

Un carro nos llevaría a pasar nuestros últimos días juntos en la Habana. Yole pidió permiso en el trabajo para ausentarse unos días, e invitado por Cristina viajó con nosotros a la capital de Cuba. Nunca le dije a nadie esto, pero ese día viajando a la Habana tenía muchas ganas de llorar, me invadía la incertidumbre. Tal vez serían los últimos días que pasaría al lado de Ifraín.


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