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Una Mexicana en Cuba | Así son las cosas en Cuba

de Daniela Olivera Salgado

Así son las cosas en Cuba

        Llegamos a la Habana alrededor de las 8 de la noche. No había luz en casa de Mery, así que tuvimos que subir todas las maletas por las escaleras alumbrándonos con los celulares. Ifra se dio cuenta que había dejado su cartera en el taxi que nos había traído desde Camagüey. Por suerte habíamos tomado el número de teléfono del chofer. Ifra lo llamó enseguida y le dijo que estaba en la estación del Viazul esperando clientes para regresar a la ciudad de los tinajones. Tomamos un cocotaxi hasta allá para recuperar la cartera. En ella Ifraín traía el documento más valioso de los cubanos: el carnet o tarjeta de identidad. Sin ella los cubanos no son nadie. Si la policía te para y no traes tu carnet contigo pueden mandarte preso por unas horas. Además, no conviene perderla, pues eso significa que tendrías que pasar un día entero en las oficinas de gobierno cumpliendo con el trámite burocrático de tramitar una nueva. Los cubanos cuidan su carnet como oro. Ifra se puso como loco cuando se dio cuenta que había perdido la cartera. Menos mal que pudimos recuperarla fácilmente.

       Regresamos pronto a casa de Mery. ¡Por fin se conocían mi madre cubana y mi novio! Tomamos un baño y salimos al malecón con Mery y Vladimir a tomarnos una cerveza. Cristina y Yole quedaron de alcanzarnos allá, pero nunca llegaron.

        La pasamos muy a gusto en el malecón. Mery me dijo que Ifra le había dado muy buena impresión, sólo que en persona sea veía más chiquito y más flaco que en las fotos. Mery también me preguntó qué pasaría con nosotros. Le dije que no sabía, que no habíamos hablado, pero que yo no me quería clavar (ay ajaaaaaaaa) y que no regresaría a Cuba en un buen tiempo, tal vez hasta diciembre, o sea, en nueve meses. Luego de convivir un rato, Mery y Valdimir se fueron a dormir mientras Ifra y yo nos fuimos a buscar algo de cenar.

        Llegamos a un restaurant-bar frente al Hotel Habana Libre. No tenían mesas disponibles, pero había una en donde estaba un solo hombre sentado. El mesero nos indicó que nos podíamos sentar ahí. Nos sentamos y el hombre, que parecía alemán, se enojó y empezó a gritar en su idioma lo que parecían groserías. Azotaba su mano contra la mesa mientras gritaba furioso. Ifra y yo nos mirábamos y no podíamos evitar reírnos de la reacción del señor. Pedimos la comida para llevar y nos fuimos a la casa. Nos dormimos temprano, pues el viaje nos había dejado muertos.

        El lunes por la mañana nos levantamos y desayunamos todos juntos con Mery. Después, salimos a pasear un poco por la Habana. Primero fuimos al Hotel Nacional. Es uno de los más caros de la capital cubana y cuenta con una terraza en donde se puede tomar unos tragos y disfrutar de la vista al mar, sin necesidad de ser huésped del hotel. Me puse un poco nerviosa al entrar ya que es bien sabido que hace algunos años había lugares en donde los cubanos no eran bien recibidos, ya que eran exclusivos de turistas. Por suerte pudimos pasar sin problemas. Ifra y Yole estaban maravillados, nunca habían entrado a un lugar como ese. Nos tomamos fotos aprovechando el paisaje y nos sentamos a conversar un rato.

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         Seguimos nuestro paseo yéndonos al Parque Central y la Calle Obispo. Una vez más recordé mi primer viaje y mis paseos con Luis. Mientras caminábamos por ahí Ifra y Yole tenían que ser muy cuidadosos, y a veces hasta aparentar que no nos conocían o podían tener problemas con la policía. Noté que Ifra se empezó a poner serio, no hablaba y no hacía bromas como siempre. Le pregunté “¿Qué tienes, te pasa algo?”, y él respondió “Nada, no me pasa nada». Yo sabía que algo no estaba bien. Llegamos a la Plaza Vieja y nos sentamos a tomar una cerveza. Sólo nos tomamos una, porque estaban carísimas. Ifra seguía con cara de pocos amigos y sin hablar. Caminamos hacia el malecón, esta vez Yole y el negrito caminaban juntos y Cristina y yo íbamos más adelante.

— Oye, ¿qué le pasa a tu wey, por qué trae esa jeta?

— No sé, dice que no le pasa nada. Todo estaba bien y de repente se puso así, no sé qué tiene. Yo no le hice nada, así que se le tendrá que pasar.

— Sí, tienes razón.

        Llegamos al malecón, casi enfrente del Morro y nos tomamos ahí a unas fotos. A pesar de la actitud de Ifra, yo le pedí que posara junto a mí. Hacía mucho calor y ya no quisimos caminar más, por lo que tomamos un taxi a casa de Mery para ir a descansar y comer. La cena estaría lista más tarde, así que mientras fuimos a comprar un perro caliente. Ifraín no quizo comer nada y seguía de un genio de los mil demonios. Yo no dije nada y lo trataba como si todo estuviera normal.

         Enseguida que llegamos a casa de Mery sonó el teléfono de Ifra. Era su jefa del hotel, Caridad. Habló con ella un par de minutos y yo no podía entender muy bien lo que sucedía, pero sabía que eran malas noticias. Cuando Ifra se estresaba tronaba la boca y lo hizo unas diez veces mientras hablaba con Caridad.

— ¿Qué pasó?

— Era mi jefa del hotel, me tengo que regresar a Trinidad. Tengo que presentarme al trabajo mañana.

— ¿Qué? Pero yo me voy hasta el jueves.

— Sí mi amor, lo sé, yo también quería quedarme aquí contigo hasta el jueves, pero me tengo que ir. Por el momento sólo somos tres varones en la compañía, y uno de ellos sale de vacaciones mañana. No se puede quedar un solo varón. Me tengo que ir.

Mi corazón empezó a latir rápidamente. Sabía que había llegado la hora de despedirnos.  Una despedía más. No sabía si mi corazón lo soportaría. No hablamos por unos minutos. Sé que los dos teníamos ganas de llorar y nos contuvimos.

— Háblale a tu compañero, dile que se espere en el hotel hasta el jueves. Yo te doy dinero para que le pagues estos días. Dile que cuando tú llegues él se va.

        Ifra trató de negociar con su compañero, pero éste no quizo aceptar ningún trato. Dijo que su novio de Alemania estaba en Trinidad y saldrían hacia Camagüey al día siguiente. No podía esperar hasta el jueves. Me puse a llorar. Ifra no me decía nada y yo me empecé a desesperar. Salí de la habitación y me encontré con Mery preparando la cena en la cocina.

— Niña, ¿pero a ti qué te sucede? ¿Por qué lloras así?

— Ifra se tiene que ir, su jefa lo llamó y se tiene que ir antes para Trinidad.

Así son las cosas en Cuba mija. No te puedes poner a llorar así.

— ¡No quiero que se vaya, no quiero que se vaya! — dije mientras lloraba fuertísimo y abrazaba a Mery.

— Yo lo sé, pero él no puede perder su trabajo por ti, porque tú también te vas en unos días.

Las palabras de Mery me calmaron. Pensé que en vez de llorar y lamentarme tenía que aprovechar las últimas horas junto a mi negrito. Entré a la habitación para hablar con él.

— ¿Ya te calmaste?

— Sí, discúlpame por ponerme así. Estuve pensando y si te tienes que ir mañana temprano entonces tenemos que aprovechar nuestras últimas horas juntos. Vamos a bañarnos, arreglarnos, cenar, salir y poner una buena cara. No podemos pasar las últimas horas así como si estuviéramos en un funeral. Aquí nadie se ha muerto.

— Tienes razón mi amor. Deja de llorar, vamos a aprovechar este tiempo. Discúlpame tú a mí también porque me puse mal desde hace rato. Toda la tarde estuve así porque presentía que esto iba a pasar. Tengo mala suerte, siempre que me pasa algo bueno se me termina. Sabía que esto pasaría.

        Después de bañarnos Ifra y yo nos sentamos en el balcón de la casa de Mery. Estábamos esperando a que la cena estuviera lista y Cristina y Yole salieran de su habitación. Aunque estábamos tratando de cambiar nuestra actitud frente a las circunstancias, era muy difícil hacerlo. Estábamos notoriamente tristes. No hablábamos mucho, sólo nos mirábamos fijamente y tocábamos nuestras caras con las manos. Las palabras sobraban en ese momento. Yo, como siempre, quería llorar, pero no lo hice. Ifra se quedó mirando el horizonte por un par de minutos y después me abrazó.

— ¿Te casarías conmigo? — me preguntó.


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