C´est ma Vie, Cuba libre, Cultura y Arte

Una Mexicana en Cuba |Reloj

de Daniela Olivera Salgado para Stay With Me

Reloj

         Cuando escuché esa pregunta mil pensamientos vinieron a mí. En pocos segundos pasó de todo por mi mente: emoción, alegría, dudas, miedo, de todo. Sin embargo, asentí con la cabeza y abracé a Ifra. «Sí, sí me casaría contigo». No fue necesario decir más en ese momento.

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       Intenté cenar, pero no pude comer mucho. Ese día Mery se había esmerado como siempre haciéndonos unas pechugas al limón deliciosas, pero yo tenía un hoyo en el estómago. Después de cenar Ifra y yo salimos a un bar a conversar. Yole y Cristina nos alcanzarían más tarde.

        — Ifra quiero darte las gracias por estos días. Nunca los voy a olvidar. Me la pasé increíble y me has tratado muy bien. La verdad yo venía con mucho miedo y muchas dudas sobre ti, pero te portaste de lo mejor conmigo. No lo tomes a mal, pero tú sabes la fama que tienen los cubanos y yo pensé que tú serías igual. Tengo que agradecerte tanto. mi vida ha cambiado desde que te conocí. Finalmente pude dejar esa relación que tenía, de la que te he platicado. Me motivaste para seguir haciendo ejercicio y cuidándome para verme mejor, y gracias a ti hasta la relación con mi mamá ha mejorado. ¡Gracias por todo Ifra! ¡Te quiero mucho! — le dije mientras tomaba sus manos entre las mías.

— No no digas eso. Tu vida cambió porque era el momento de que cambiara, yo sólo llegué al mismo tiempo, pero los cambios lo has hecho tú. Gracias a ti por venir hasta aquí a verme, por todo lo que hemos gozado juntos. ¿Sabes? Yo nunca había venido a la Habana, estoy conociendo esta ciudad gracias a ti. Yo soy el que debe de agradecerte todo esto.

        — ¿Qué va a pasar ahora Ifra? Tenemos que hablar en serio y decidir qué es lo que vamos a hacer. ¿De verdad quieres seguir conmigo? ¿O dejamos que las cosas se queden hasta donde han llegado y ya? Podemos seguir siendo amigos y seguir en contacto.

— No chica, yo ya te dije que quiero seguir contigo y casarme contigo.

— ¿Sabes lo que significa eso? Tendríamos que luchar mucho para poder lograr casarnos. Y si así fuera, después ¿qué haríamos?, ¿te vendrías conmigo a México? A mí me encantaría eso, pero no sé si podrías ser feliz allá. La vida es muy diferente. Allá no hay trabajos como el tuyo. ¿En qué trabajarías?

— Eso no importa, yo me pongo a trabajar en lo que sea. Me pongo de jardinero, constructor o lo que sea.

— ¿Y tu familia? ¿Y tú mamá?

— Eso no es problema. De todos modos, estando en Cuba no puedo estar con ellos porque en Camagüey no hay trabajo para mí. Aún en mi propio país tengo que estar lejos de ellos y extrañarlos. La única que me dolería mucho dejar aquí es a mi mamá. A veces me llama al hotel para saber cómo estoy y a mí no me gusta hablar mucho con ella porque me siento mal de saber que a veces no puedo pasar su cumpleaños o el día de las madres con ella. Tampoco puedo mandarle dinero porque no me alcanza con mi salario.

         Los ojos de Ifra se llenaron de lágrimas. Dejó de hablar. De pronto, llegaron Cristina y Yole, interrumpiendo nuestra conversación. Salimos de ese bar y nos fuimos a otro más barato, al «Sofía» en la Rampa, donde había estado también con Luis, Kevin y Adrián.

       Nos sentamos y conversamos los cuatro. Cada cierto tiempo mi llanto interrumpía la conversación, no podía evitarlo. Ifra se angustiaba mucho cada vez que yo lloraba. Regresamos temprano a casa de Mery.

       Nos «despedimos» como se debe y después nos quedamos un buen rato conversando, abrazados en la obscuridad.

       — Te propongo algo mi amor: si todo sigue bien entre nosotros, como hasta ahora, nos casamos en un año, en Semana Santa. Quiero que venga mi familia y hagamos una fiesta a lo cubano en Papito Rizzo.

— Ok, me gusta esa idea. ¿Cuándo vas a volver a venir a Cuba?

— Vengo en julio, cuando tenga vacaciones otra vez. Quiero que venga mi mamá conmigo, para que te conozca.

— Sí, para planear la boda.

— Jajajajaja sí.

— Nunca había conocido a una mujer como tú. Eres súper inteligente y sabes cómo tratarme. Yo a veces me pongo, así como me puse en la tarde. Me cierro y pongo mi cara y no quiero que nadie me hable ni saber de nada. Todas las mujeres con las que había tenido una relación siempre me insistían preguntándome qué me pasaba y se enojaban al final. Tú sólo me preguntaste una vez, no estuviste sobre de mí. Además, cuando llegamos al malecón me sorprendió que me pidieras que me acercara contigo para la foto, pensé que no lo harías. Eres muy inteligente, eso me gusta mucho de ti.

— Jajajaja pues sí te pregunté una vez y como dijiste que no tenías nada pues ya te dejé solo. Si yo te hubiera hecho algo, te hubiera pedido una disculpa y ya, pero yo sabía que yo no había hecho nada para hacerte enojar, así que se te tenía que pasar.

         Pusimos la alarma para las 5 de la mañana. Ifraín tenía que estar en la estación del Viazul a las 7. Por mi mente pasaba la letra de la canción «Reloj»: «Reloj detén tu camino has esta noche perpetua, para que nunca se vaya de mí, para que nunca amanezca… Nomás nos queda esta noche, para vivir nuestro amor y tu tictac me recuerda mi inevitable dolor». Sonó la alarma y mi corazón se detuvo por un segundo. Había llegado la hora que tanto temía.

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         Nos levantamos y le ayude a Ifra a empacar. Le regalé algunas cosas mías, para que me recordara y no se olvidara de mí. Le escribí una dedicatoria en el libro «Como agua para chocolate» y se lo regalé. Nos fuimos en un taxi a la estación del Viazul. Yo quería estar con él hasta el último minuto que se pudiera, quería aprovechar cada segundo junto a mi negrito. No pudimos conseguir viaje directo a Trinidad, no recuerdo si fue porque llegamos tarde o porque no había lugar. La opción sería viajar a Santa Clara y de ahí a Trinidad. El camión a Santa Clara salía a las 9:30 de la mañana. Me quedé ahí sentada junto a él en la estación, pero mis ojos se cerraban. Había dormido muy poco la noche anterior.

— Vete a la casa para que duermas un poco. Además, más tarde te tienes que ir a la playa con Cristina y mi hermano.

— No me quiero ir, no me quiero separar de ti. — otra vez a llorar.

— No llores, la gente nos mira. No soporto ver a una mujer llorar y mucho menos si es por mí. No llores más.

— Oye no me digas eso. — dije mientras paraba de llorar abruptamente.

— Vamos afuera para que cojas un taxi.

Salimos de la estación buscando un taxi, pero antes de llegar a la calle me detuve y abracé a Ifra.

— ¿Me prometes que nos vamos a volver a ver?

— Te lo juro.

— ¿Me vas a esperar?

— Te voy a esperar todo el tiempo que sea necesario.

         Ahí parados en la puerta de la estación del Viazul nos dimos el último abrazo y el último beso y prometimos volver a vernos muy pronto. Me solté de sus brazos y sin mirarlo caminé rápidamente hasta donde estaban los taxis. Pensé que, si no me soltaba así, de repente, nunca podría hacerlo. Unos pasos antes de llegar al auto volví la mirada hacia atrás, donde se había quedado parado Ifra. Ahí seguía, mirándome. Le mandé un beso con la palma de mi mano y me subí al taxi.

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