C´est ma Vie, Cuba libre

Una Mexicana en Cuba |Otra Despedida

Por Daniela Olivera Salgado para Stay With Me

Otra despedida

 

         Al despedirme de Mery sentí una tristeza inmensa. Otra vez lloré. El camino al aeropuerto se me hizo eterno, y la espera en el aeropuerto ni se diga. El avión despegó una vez más. Pensaba que me iba de regreso a México, pero mi corazón se quedaba anclado en Cuba. Era una sensación horrible, era como estar fuera de mí porque dejaba una gran parte de mi vida ahí. Lloré casi todo el camino a México. En cuanto el avión aterrizó lo primero que hice fue llamar a mi mamá.

— Hola, ya llegué a México.

— ¡Qué bueno, estaba súper preocupada!

— ¿Por qué nunca me hablaste? Te di el teléfono de Ifra para que nos llamaras.

— Sí te llamé un día, y por eso me preocupé. Me contestó una señora y me dijo que necesitaban ayuda, que no tenían nada que comer, ni aceite para cocinar, que les mandara dinero y no sé qué más.

— Jajajaja seguro marcaste mal.

— ¿Cómo te fue?

No pude contestar. Empecé a llorar.

— ¿Por qué lloras? ¿Qué te pasó? ¿Qué te hicieron?

— Nada, no te preocupes. Me fue muy bien, por eso lloro. Tenemos que ir en julio. Quiero que conozcas a Ifra.

— ¿Ir a Cuba? No, ni loca. Ya sabes que cuando fui no me gustó.

— Pero tú fuiste hace casi 20 años, las cosas han cambiado mucho.

— Ya veremos.

         Al llegar a México me quedaban como tres días de vacaciones. No salí de mi casa para nada. Me la pasé en estado vegetativo: durmiendo y llorando. Ya al tercer día salí y fui a un centro comercial con mi mamá, mi abuela y mi prima. Entramos a una tienda y vi una camisa que le había comprado a Ifra unos días antes. ¿Adivinen qué? Sí, me solté a llorar ahí mismo en la tienda. Compré otra camisa, pero esta vez de color azul. Ahora sabía que era el color favorito de Ifra. Para mí tener esa camisa en mis manos, aunque tuviera que guardarla tres meses, era casi como tener una garantía de que volvería a verlo.

Durante los primeros días de mi regreso llamé un día a Ifra.

— Mi amor quiero pedirte algo. Yo sé que tú situación de vida es muy difícil y lo que ganas apenas te da para cubrir tus gastos, pero me gustaría que cuando vaya a Cuba me des un regalo. No tiene que ser algo grande ni caro, puede ser cualquier cosa. Sólo quiero tener algo que tú me hayas regalado, que me recuerde a ti.

— Sí mi amor, ya lo había pensado y discúlpame por no darte nada esta vez que veniste. En julio te voy a dar un regalo sorpresa. No te voy a decir qué es, pero es redondo y va en el dedo.

— Jajajajajaja ¿no que era sorpresa?

— Ahhhh sí, ya lo arruiné, discúlpame, jajajaja.

        Esos tres meses fueron insufribles. Extrañaba mucho a Ifra. Me sentía insegura, inquieta y muy triste a pesar de que diario estábamos en contacto ya fuera por teléfono o por correo. No soportaba la idea de quedarme sola en mi casa. Salía todas las tardes con mi mamá o con Cristina. Desafortunadamente me empecé a descuidar otra vez y a comer por nervios y depresión. Subí como 10 kilos en esos tres meses.

       La relación entre Cristina y Yole también continuó. Cristina llamaba a Yole como 2 ó 3 veces a la semana. Decía que estaba enamorada de él y que quería casarse. De hecho, una de sus conversaciones telefónicas resultó en una propuesta de matrimonio. Ella incluso me dijo que podíamos tener boda doble en Papito Rizzo.

       En estos meses muchas cosas se fueron acomodando poco a poco y empecé a conocer a muchos cubanos por coincidencia. Un día, me encontré a una tía, a la que no frecuento mucho, en el mercado.

— Ya me dijo tu papá que andas loquita por un cubano. ¿Y qué? ¿Te lo vas a traer?

— Jajajaja no se tía. Todavía no sé qué va a pasar.

— A ver qué día vas a mi casa para platicar. Si te lo quieres traer, tengo una vecina que puede ayudarte. Ella ayuda a muchos cubanos porque es abogada. De hecho ahorita  está una cubana viviendo ahí en la casa.

— Ok tía voy este sábado a verte.

         Y así fue. El sábado en la noche le pedí a mi mamá que me acompañara a casa de mi tía Eva. La vecina de mi tía, la abogada, no estaba ahí. Ella sólo venía a esa casa de vez en cuando, en realidad vivía en la Ciudad de México.

Ahí conocí a Kenia, una cubana que llevaba dos meses en México con su hija como de dos años de edad. Ella y su esposo habían vendido su casa y todo lo que tenían en Cuba para viajar a México y de aquí «brincar» a Estados Unidos. Llegando a México, a su esposo le negaron la entrada al país. Así que ella tuvo que quedarse aquí con su hija y esperar a que su esposo pudiera venir. Fue muy triste conocerlas. La bebé veía la foto del papá en el celular y suspiraba, como sabiendo lo lejos que estaba, como sabiendo que tal vez pasaría mucho tiempo antes de volverlo a ver. Mi tía quedó de conseguirme una cita con Lety, la abogada. De hecho pasé varios meses tratando de conseguir reunirme con ella.

       Días después contacté a un primo que está casado con una cubana. Él vive en Miami y me contactó con Lázaro, un cubano que vive en Cancún. Un día hablé con Lázaro por teléfono. Me dijo lo que todos me decían: ten cuidado, los cubanos sólo buscan salir de la isla, seguro tiene novia y llegando a México se te escapa y brinca a Estados Unidos. También me dio un poco de luz sobres los trámites que debía realizar en México si quería casarme en Cuba. Me cansé sólo de escucharlo, casarse en Cuba sonaba como una tarea maratónica.

        Ifra y yo tuvimos que enfrentar algunos problemas durante estos meses. Es muy difícil mantener la chispa en una relación cuando se está lejos y hay tanta falta de comunicación. Además, algunos obstáculos se fueron poniendo en nuestro camino. Por ejemplo, a veces cuando hablábamos por teléfono nos quedábamos sin tema de conversación y las llamadas se sentían extrañas. Un día me mandó un mensaje en donde me pedía que lo llamara urgentemente. Yo estaba en el trabajo y tenía que esperar a la hora de la salida para poder llamarlo. Las horas se me hicieron larguísimas. Cuando por fin pude llamarlo me dio una muy mala noticia.

— Mi amor, tú sabes que el teléfono que tengo es prestado y la chica que me lo prestó lo quiere de vuelta porque su móvil se rompió.

— ¿Qué? ¿Y ahora cómo nos comunicaremos?

— No sé, pero no te preocupes. Algo se nos ocurrirá.

Me puse como loca. Recuerdo que me puse a llorar como niña (ya saben que soy obsesiva y bien chillona). Mi mamá llegó a la casa justo en ese momento.

— ¿Qué te pasa?

— ¿Por qué tiene que ser todo tan complicado? Ifra se va a quedar sin teléfono y ya no podremos comunicarnos. No sé qué hacer.

— Cálmate y piensa las cosas. Piensa cómo puedes solucionarlo en vez de ponerte a llorar.

         Seguí el consejo de mi mamá. Llamé a Mery y le expliqué la situación. Le pedí que le prestara un poco de dinero a Ifra y que yo se lo pagaría en julio. ¡Teníamos la solución! Pero estamos hablando de Cuba, y allá las cosas no se solucionan tan rápido, así que todo volvió a complicarse. Ifra se demoró en comunicarse con Mery, ella no encontraba la manera de enviar el dinero a Trinidad. Finalmente, esa no fue la solución. Me sentía desesperada. No podía enviar dinero de ninguna forma, porque para hacerlo yo tenía que ser familiar de la persona que lo recibiría en Cuba. De pronto, se me ocurrió una idea. Llamé a Lázaro. Me dijo que se iba a Cuba en dos o tres días. Le deposité el dinero y le pedí se lo hiciera llegar a Ifra. Así fue como finalmente pudimos resolver este problema. Cuando Lázaro regresó me llamó.

— Hola Daniela, ¿cómo estás? Yo deposité el dinero en la Habana a la tarjeta del amigo de tu novio, ¿ya le llegó a tu novio?

— Sí Lázaro, muchas gracias.

— Oye quiero decirte que lo llamé y hablé fuerte con él.

— Ahhh, ¿Qué le dijiste?

— Le dije que tenga cuidado con lo que hace, que tú eres una buena persona y no debe aprovecharse de ti. Lo que hice fue crearle conciencia. No se puede engañar a las personas. Los cubanos están acostumbrados y creen que eso es normal y que está bien, pero las cosas no son así.

— Ok y ¿qué te dijo él?

— Respondió bien, me parece que es honesto y buena persona, pero yo no pondría las manos al fuego por ningún cubano, y eso que yo soy de allá. Puedo decirte que me dio una buena impresión, pero nunca se sabe. Lo único que te puedo decir es que si él te hace feliz lo disfrutes porque nunca sabes cuanto pueda durar. Así es en cualquier relación. Relájate y disfruta.

— Sí tienes razón, muchas gracias por todo Lázaro.

         Ifra recibió el dinero y pudo comprarse un teléfono. Superamos ese problema, pero después vino otro. El verano es tiempo de carnavales y la jefa de Ifra no quería darle vacaciones en los días en que yo estaría en Cuba. Tenía que presentarse en el carnaval de la provincia de Sancti Spiritus. Además, no podía faltar a su trabajo en el hotel. No podríamos pasar tanto tiempo juntos. Aún así decidimos seguir adelante con los planes del viaje. Además, mi mamá ya había aceptado ir conmigo.

         Mi relación con Cristina se fue deteriorando poco a poco antes del viaje en julio. Ella al principio estaba muy emocionada con mi cuñado. Como ya dije, incluso hablaba de planes de matrimonio. En alguna ocasión me dijo que tenía ganas de irse dos o tres meses a vivir a Camagüey para estar con Yole. Sin embargo, su caso era más difícil que el mío. Yole no tenía correo y no se podían comunicar tan seguido. Ella se desesperaba mucho. Yo le decía que tenía que entender las circunstancias, aunque creo que también Yole pudo haberse esforzado más para poder comunicarse con Cristina. Querer es poder. A mí me consta que ella hacía grandes sacrificios par poder seguir en contacto. Creo que él no se esforzaba mucho. Así, con el paso de los días, Cristina se fue desilusionando, y quiso arrastrarme en su misma corriente. Cuando salíamos, ella me hablaba de su frustración.

— ¿Tú no te sientes igual? Creo que me estoy esforzando mucho por esta relación que no tiene futuro. Este wey no le echa ganas. Ya no me siento enamorada. De hecho estoy dudando de mi viaje. Aunque ya tenemos los boletos no sé si voy a ir. Y tú amiga, ¿estás segura de que quieres seguir con Ifra? Deberías pensarlo bien.

       Estas pláticas con Cristina no me gustaban; me hacían dudar y sentirme mal. Así que muy sutilmente empecé a prescindir de su compañía. Le decía que estaba muy ocupada o que tenía mucho trabajo para no salir con ella.

         Un día salí con unos compañeros a festejar el Día del Maestro y la verdad tomé de más. Cuando desperté al otro día chequé mi teléfono y me di cuenta de que en mi borrachera le había mandado varios mensajes de texto a Ifra. En cuanto los leí supe que tenía que llamarlo enseguida.

— Dime mi amor.

— Hola mi amor, ¿cómo estás?

— Bien, ¿y tú? ¿Sigues borracha?

— Jajajaja no, ya se me quitó la borrachera. Oye ya vi los mensajes que te mandé… ¡Qué pena!

— No chica, no te preocupes. Me gusta que me mandes esos mensajes y saber que estás pensando en mí. Oye tú me habías dicho que te querías casar en Semana Santa, y ayer me escribiste que mejor en diciembre. ¡Eres una loca!

— Sí, ya sé. Leí el mensaje y me dio mucha pena contigo, pero es verdad. No me quiero esperar tanto. ¿Y si nos casamos en diciembre?

— Sí mi amor, por mí está bien.

— Bueno, cuando vaya en julio lo platicamos bien.

         Esos tres meses fueron muy difíciles y confusos. Por un lado sentía la emoción de tener esta relación fresca y de todos los recuerdos de lo que viví en Cuba con Ifra. Por otro, sentía mucha angustia, miedo y tristeza.

Me sentía mal por la distancia y la dificultad para comunicarnos. Aunque traté de mantener en secreto mi relación con Ifra, poco a poco gente allegada a mí empezó a enterarse. Tuve que enfrentarme a muchas personas importantes en mi vida.

        Todo el mundo estaba en contra de que yo anduviera con él. Me angustiaba el pensar en todo lo que se dice y se sabe de los cubanos. Navegué horas en internet buscando historias de matrimonios con cubanos. Encontré una historia de una enfermera canadiense que lo dio y perdió todo por casarse con un cubano. Dos días después de llegar a Canadá, el fulano se dio a la fuga. También encontré un caso de  otra canadiense que conoció a un bailarín en Cuba, se casaron se fueron a vivir a Canadá y llevaban 12 años de feliz matrimonio. Había de todo. Yo, confundidísima, no sabía ni qué pensar. No tenía más remedio que escuchar y seguir a mi corazón.


 

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