C´est ma Vie, Cuba libre, Cultura y Arte

Una Mexicana en Cuba | Fantasmas de Trinidad

de Daniela Olivera Salgado

Fantasmas de Trinidad

         Llegando a México fui a casa de mi abuela, donde me esperaba mi familia. Mi abuela y mi mamá escucharon con atención mis historias sobre Cuba. Una de las primeras cosas que les conté fue que había conocido a un negrito guapísimo y que regresaría a Cuba sin lugar a dudas.

        Traté de dormir toda la mañana del día siguiente, pero no pude. Una antigua amiga de la familia estaba en Cuernavaca y la llevamos a Tepoztlán ese día. ¡Por fin pude comerme una sopa de tortilla! En nuestros días en Cuba siempre le decía a Luis que quería una sopa de tortilla para la cruda. Compré un disco de Prince Royce y lo escuchamos todo el camino. Puse la canción de «Soy el mismo» como diez mil veces. Esa noche fui a tomar un café con mis amigas Erika y Cristina. Les conté todo con lujo de detalles.

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       Al otro día volví a trabajar. Seguía muy cansada, como se dice en México «la traía atrasada», ¡necesitaba dormir!. Pasé el día como un zombie. Al terminar las clases (soy maestra) mi compañera de trabajo, Kate, me invitó a comer ya que teníamos que regresar a la escuela a una reunión con los padres. Durante la comida le platiqué los detalles de mi aventura.

— ¡Wow Dany! Deberías de escribir un libro con tus aventuras. No puedo creer que no hayan vuelto a ver a Roberto e Ifraín. ¡Lo tienes que encontrar y volver a verlo!

— Ya sé, quiero volver a verlo.

— Es como si Roberto e Ifraín fueran dos fantasmas… Así se debería de llamar tu libro: «Fantasmas de Trinidad».

— ¡Sí! Muy buen nombre. Ojalá lo pudiera volver a ver, quiero regresar en dos meses.

— ¿Ya intentaste llamarlo de México?

— No, pero no creo que funcione. Nunca entró la llamada. De aquí va a ser más difícil comunicarme con él. Tengo que regresar a Cuba y buscarlo.

— Intenta llamarlo de aquí. ¡Llámalo! Lo tienes que volver a ver.

        Pasé toda la tarde en la aburrida junta con los padres de familia, pensando en llamarle a Ifraín. A las 7 de la noche me fui a mi casa. No había nadie en casa y decidí tomar el teléfono. Marqué, mi corazón latía a mil por hora, ¡dio tono y enseguida escuché una voz!

— ¡Dime!

— Hoooolaaa, ¿Ifraín?

— ¡Dime, dime!

— Hola, ¿cómo estás?, soy Daniela de México. ¿Te acuerdas de mí? Nos conocimos hace menos de una semana.

— ¡Ahhhhhh sí la mexicana! Sí, sí me acuerdo.

— Oye ¿qué pasó contigo?, no fuiste a buscarme, te estuve esperando, te llamé y no contestaste.

— Oye discúlpame, me quedé dormido, estaba muerto. Me desperté a las tres de la tarde y estuve en mi casa viendo el televisor todo el día.

— ¡Qué mala onda me dejaste plantada!

— ¿Qué? — me dijo entre risas nerviosas.

— Estoy muy contenta de que me hayas contestado, te estuve llamando cuando estaba en Cuba y nunca me contestaste. Ya estoy en México.

— Es que no tengo dinero en el teléfono, y si me llamaste de un número fijo, las llamadas no entran.

— Oye, ¿hasta cuando vas a estar en Trinidad? Voy a ir otra vez a Cuba como te dije.

— No sé, hasta que me boten del trabajo, pero no importa, si vienes aquí te espero.

— Oye quiero darte las gracias porque me la pasé muy bien contigo y me dio mucho gusto conocerte. Te portaste muy bien conmigo. Gracias.

— Aaahhh, ¿la pasaste bien? ¡Qué bueno!

— Voy a volver a ir, te lo prometo. Oye tienes que sacar tu cuenta de correo electrónico, para estar en contacto.

— Sí, voy a tratar de ir a ETECSA y sacarlo.

— Ok, pues me dio mucho gusto hablar contigo.

— ¿Cuando me vuelves a llamar?

— Jajajaja, no sé en unos días.

— Está bien.

— Bueno cuídate mucho.

— ¡Te quiero!

— Jajajajajajaja, ok. Bye.

 

         Antes de seguir debo aclarar varios puntos sobre la comunicación en Cuba. En primer lugar, es muy complicada, demasiado. Supongo que es toda una estrategia para que la gente que vive en la isla esté limitada y no puedan armar una contrarrevolución. Otros dirán que es culpa del bloqueo, como muchas otras cosas y situaciones que suceden en la isla.

        Empecemos con la cuestión de los teléfonos fijos y los teléfonos móviles. La empresa estatal, obviamente, encargada de las telecomunicaciones en Cuba se llama ETECSA. Es un poco difícil, y caro, contar con una línea telefónica en una casa. El estado debe dar la autorización, y el ciudadano pagar algunos cientos CUC para poder adquirir la línea. Los teléfonos celulares son bastante caros, y se puede ver a muchos cubanos con aparatos del año del caldo, es decir, muy antiguos. El tipo de teléfonos que usan algunos actualmente se parece a los teléfonos que yo y mis amigas de la prepa teníamos. Los afortunados tienen aparatos más modernos. De hecho, hay también mucha gente con móviles muy recientes. Las personas que tienen familia en el extranjero o que pueden ahorrar un dinerito tienen teléfonos mejores. Las líneas telefónicas para móviles se compran en ETECSA, y tienen un costo de alrededor de 40 CUC. Si uno llama de un móvil a otro, el que llama paga la llamada. Hay una variante que permite llamar a una persona aún sin tener crédito en el celular propio. Se marca *99 y el número deseado y la persona que conteste pagará la llamada. Este es un recurso sumamente utilizado en la mayor de las Antillas.

       Si te llaman de un teléfono fijo a tu celular y tú no tienes crédito, ¡olvídalo!, la llamada no entrará. Es por eso que cuando yo llamé a Ifraín desde un teléfono público en Trinidad y la Habana nunca pude comunicarme con él. Las tarifas para llamadas desde teléfonos públicos y celulares son diferentes dependiendo de la hora que llames; después de las 11 de la noche, y hasta las 6 de la mañana, las llamadas son más baratas.

ETECSA-cuba

       Finalmente, las llamadas de larga distancia. Los cubanos no tienen que pagar por llamadas que reciben del extranjero, pero el que llama del extranjero tiene que pagar mucho. Por ejemplo, en México hay compañías que cobran entre 12 y 20 pesos mexicanos el minuto. Créanme, yo busqué por cielo, mar y tierra la forma más barata de comunicarme con Ifraín. En todos lados recibía la misma respuesta: Cuba no establece convenios de ningún tipo con compañías de telecomunicaciones, y cobran un impuesto muy elevado por enlazar las llamadas a la isla. Por cierto, la mejor manera de comunicarse allá es comprando tarjetas Ladatel de 100 pesos. Con esta tarjeta se puede hacer una llamada de 12 minutos. ¿Pensar en que Ifraín pudiera llamarme de Cuba? ¡Nunca! Demasiado caro para él, y eso sí encontraba de donde hacerlo, cosa que también es muy difícil. También se pueden mandar mensajes de celular a celular hacia el extranjero, pero el precio también es elevado. ¿Es, o no es, esta una estrategia bien estructurada para mantener a la mayoría de los cubanos incomunicados tanto dentro como fuera de la isla? Decídanlo ustedes.

        Ahora otro tema: el correo electrónico. Debido al elevado precio de las llamadas hacia Cuba, la manera más económica de comunicarse con el resto del mundo es a través del correo. Ifraín me contó, cuando lo conocí, que la modalidad de tener un correo en su celular era una medida reciente, había comenzado en 2013 ó 2014. Sólo existen dos pequeños problemas para el uso del correo: tiene costo y hay que hacer largas filas para obtenerlo. Para conseguir una dirección de correo electrónico es necesario inscribirse al sistema de navegación «Nauta» que cuesta 3 CUC. Además, se tiene que configurar el móvil para poder recibir los correos. Para hacer todo esto se debe acudir a una sucursal de ETECSA, en donde por lo general hay filas interminables. Uno se puede pasar todo el día haciendo este trámite. Comparen este proceso con abrir una cuenta de correo en Gmail o Yahoo desde su tablet, teléfono o computadora, e instalar una app en sus dispositivos para recibir su correo.

         ¡Ah! Una cosa más, el teléfono no sonará ninguna alarma para indicarte que recibiste un correo, debes entrar al sistema para verificar si alguien te ha escrito. Por cierto, debes contar con crédito en tu teléfono tanto para recibir, como para enviar correos. ¿Así o más difícil la comunicación? Esto es a lo que me he enfrenté desde que conocí a Ifraín. Todo es culpa de esos ojos.


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