C´est ma Vie, Cuba libre, Cultura y Arte

Una Mexicana en Cuba | Camagüey

por Daniela Olivera Salgado para Stay With Me

Camagüey

        Pensé que sería difícil para mí establecer un vínculo de confianza e intimidad con Ifra. Tal vez nos sentiríamos como dos extraños al estar solos, pero no fue así. A penas nos «deshacíamos» de Cristina, y podíamos pasar un tiempo a solas, Ifra y yo hablábamos mucho, de todo. Le conté mi vida y me contó la suya. Me encantaba la atención con la que escuchaba, se maravillaba y se reía de mis historias y anécdotas. Su capacidad de asombro estaba intacta y sus ojos brillaban con una ingenuidad que yo jamás había visto. Yo también escuchaba con mucha atención cada detalle y cada cosa que Ifraín tenía que decirme. ¡Por fin podíamos hablar sin parar, sin estar pendientes del tiempo o del costo de la llamada! Quería detener el tiempo y pasar el resto de mis días con él hablando y riendo juntos en esa habitación pequeñita del hostal de Trinidad.

        El miércoles por la mañana Ifra y yo nos levantamos muy temprano y nos dirigimos a ver qué locura nos deparaba en el Viazul está vez. Llegamos a la estación e hicimos fila durante unos diez o quince minutos. Preguntamos al encargado sobre el próximo viaje a Camagüey. «Sale en 1 hora, hay que estar aquí en media hora», nos dijo. Salimos volados a despertar a Cristina. Ifra fue a su casa a recoger unas cosas y yo al hostal a recoger todos mis tiliches. No sé cómo le hicimos, pero llegamos puntuales y nos subimos a la guagua.

         El camino de Trinidad a Camagüey es de aproximadamente 5 horas. Ifraín iba fascinado jugando con mi teléfono y escuchando música en Spotify. Cristina y yo aprovechamos para dormir un rato. Viajar por las carreteras de Cuba es una experiencia inolvidable. Aunque no son modernas, cumplen con su propósito. Lo mejor es el poder admirar los inigualables paisajes que ofrece la naturaleza cubana: bosques, montañas, palmeras, sembradíos, marabúes, mar, amaneceres, atardeceres. La gran gama de paisajes y su mezcla hacen de los viajes por Cuba un manjar para los sentidos.

         Llegamos a Camagüey sobre las tres de la tarde. Yo estaba a la expectativa y muy nerviosa. En primer lugar porque, aunque había hablado con Florencio por teléfono, no sabía qué tal estaría el hostal donde nos hospedaríamos. La verdad yo soy un poco fijadita y sangroncita con las casas ajenas. No soporto que los baños estén viejos y sucios y lo mismo me pasa con las camas. Además, Florencio sólo contaba con una habitación y me había dicho que Cristina se hospedaría en casa de una vecina. Yo, con lo obsesiva y exagerada que soy, pensé que seguramente la casa de la vecina estaría a dos o tres cuadras. En segundo lugar, estaba súper nerviosa de conocer a la familia de Ifra, sobre todo a la temida Misleydi, la mamá-suegra.

        La casa de Florencio resultó estar a dos cuadras de la estación de autobús. Era una casa pequeña, pero muy linda y acogedora. La habitación tenía un muy buen tamaño, con su baño y sala de estar propios. Todo estaba muy limpio, impecable. Me sentí aliviada. Cristina estaba literalmente en la casa de a lado. Mi mente fatalista había distorsionado todo negativamente mucho antes de conocer la realidad.

— ¡Vámonos mi amor!

— ¿A dónde?

— A casa de mi familia, ¿a dónde más?

— Pero acabamos de llegar, quiero bañarme y arreglarme.

— ¿Qué? Pero, te bañaste en la mañana. ¡Ya vámonos!

— No, no quiero que mi suegra me conozca así en estas fachas. Me voy a bañar.

        Me bañé, me arreglé y me puse un vestido azúl precioso. Llamamos a un taxi que habíamos conocido en el Viazul para que nos llevara al reparto (colonia) Montecarlo, donde vivía la familia de Ifra.

— Me hace falta que vengas a buscarme con Florencio, ¿oíste?… No, ya ven para acá en este momento.

— ¡Mi amor! ¡Qué rudo eres con el taxista! Por lo menos dile por favor y gracias.

— Jajajajaja no chica, no… Le hablé normal, aquí eso de por favor y gracias no se usa mucho. No te preocupes.

         Unos minutos después de la fría conversación, el taxista llegó por nosotros. Iba muerta de estrés. Luego de 4-5 minutos llegamos a la casa. La familia de Ifra vivía en un edificio de departamentos, en el quinto piso. El edificio frente al que nos estacionamos, estaba viejo y despintado. De hecho, alrededor había varios edificios similares. En algunos de los balcones se podía ver a personas tomando el aire. En el balcón del último piso del edificio estaban unas 5 ó 6 personas asomadas, nos miraban fijamente y entre risas comentaban algo sobre nosotros.

       Pensé que seguro serían vecinos chismosos. Ifraín salió corriendo del taxi y se apresuró hacia el paso de escalera. Cristina y yo íbamos detrás de él, pero a paso lento. El edifico no tenía elevador, así que  tuvimos que subir poco a poco las escaleras. Ifraín las subió prácticamente corriendo. Cuando llegamos al departamento me di cuenta que la familia que se asomaba desde el balcón era la familia de Ifra. Estaban ahí mi suegra (que de ahora en adelante llamaremos Mimi), Ronni (el padrastro), Reinier (hermano de Ifra que desde ahora llamaremos Enano), Yolesmay o Yole (hermano de Ifra), la Abuela (bisabuela de Ifra),  Yanelis (vecina y amiga de la familia) y la Papa (prima de Ifra).

        Todos nos recibieron con mucha emoción y amabilidad. Me sentí bienvenida por todos. Los primeros minutos fueron un poco extraños para todos. Ellos nos veían a Cristina y a mí como bichos raros y viceversa. Tardamos algún tiempo en aclimatarnos y agarrar confianza, pero en cuanto las cervezas, los tequilas y los whiskys empezaron a correr, todos nos relajamos. Mimi puso la mesa y nos invitó a comer. Honestamente no recuerdo muy bien qué nos dio, pero creo que fue congrí y cerdo con plátanos y ensalada.

       Algo que confirmé ese día es que los cubanos son muy abiertos en cuanto a temas del cuerpo y/o de sexualidad y muy mal hablados. Creo que mucho más que los mexicanos. A mí la verdad no me molesta, al contrario, me gusta que la gente pueda ser tan abierta. Ifraín abrazaba a su abuela de más de 90 años y le tocaba las tetas y las nalgas y le decía «Abuela, ¡eres más puta que las gallinas!». Yo me moría de risa. No me espantaba, pero si me impresionaba; yo nunca me imaginaría haciéndole y diciéndole eso a mi abuela. Por momentos Cristina me daba un poco de pena ajena. Quería ser el centro de atención y hablaba en voz alta, casi gritando, todo el tiempo, y se reía a un volumen que a todos sorprendía. Además hacía comentarios fuera de lugar que por fortuna nadie entendía. Quería llamar la atención de Ifra, se notaba a leguas; pero también le había echado ya el ojo a Yole. Conversamos y bailamos toda la tarde y noche, hasta las 2 ó 3 de la mañana. Me la pasé muy bien, me divertí como enana, y descubrí que Mimi no era una criatura feroz.

         Al otro día Cristina, Ifra, mis cuñados y yo nos fuimos a pasar el día al Hotel Camagüey, a pocas cuadras de la casa. Pasamos todo el día junto a la alberca tomando Cristal y comiendo bocaditos de queso y jamón. Ahí había una mesa de billar. Ifra y sus hermanos se pusieron a jugar mientras las chicas tomábamos el sol y chismeábamos. Después de un rato Ifra fue a donde yo estaba y me preguntó que si estaba bien, le dije que sí. Cristina aprovechó la oportunidad para lanzarle un reto.

— ¿Qué tal juegas billar? ¿Eres bueno?— preguntó Cristina.

— Sí, juego mucho allá en el hotel con los clientes.

— ¿Apostamos? Vamos a jugar tú y yo. Si yo gano te encueras.

— No, no me encuero, me quedo en tacacillo (calzones). Y si yo gano le das un beso a uno de mis hermanos, al que tú quieras.

— Va.

         Nos fuimos a la mesa de billar. Mis cuñados y yo observábamos mientras Cris e Ifra jugaban. Ifra ganó. Cristina eligió darle el beso a Yole. Ese fue el pretexto perfecto para seguir besándose toda la tarde.

         Por la noche salimos con mis cuñados a la discoteca «El Caribe». Llegamos ahí y no habían abierto pista. Nos sentamos y pedimos unas cervezas. Yo no estaba disfrutando el momento. Ahí me cayó el veinte: estaba total y perdidamente enamorada de Ifraín. Empecé a sentirme muy angustiada. En ese momento lo tenía ahí y me sentía muy feliz, pero al mismo tiempo no podía evitar pensar que en unos días todo terminaría y sería tiempo de volver a la realidad. Yo me iría lejos y quizá no nos volveríamos a ver. Estaba sentada ahí en la discoteca pensando todo esto y con unas ganas de llorar tremendas. Ifraín lo notó.

— ¿Qué te pasa? Esta rara, muy callada y me miras como calculándome.

— No, no es eso. Es que estoy pensando que me la he pasado muy bien contigo y no sé qué voy a hacer en unos días, cuando sea hora de regresar a México. Te voy a extrañar muchísimo. — dije mientras mis ojos se llenaban de lágrimas.

— No pienses en eso ahora, vamos a disfrutar este momento, ya después veremos qué pasa.

         Pensé que lo mejor era hacerle caso a Ifra. Después de todo tenía que aprovechar ese momento en el que estábamos juntos. Otra vez me divertí mucho, y es que en Cuba ninguna fiesta es aburrida. Cristina y Yole no se despegaron en toda la noche, de hecho pasaron la noche juntos.


 

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