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Una Mexicana en Cuba | Santa Lucia

de Daniela Olivera Salgado


 Santa Lucía

         Cuando Ifra y yo empezamos a hacer planes por teléfono de mi viaje a Cuba, él me dijo que iríamos a una playa en Camagüey llamada Santa Lucía. De inmediato empecé a buscar fotos en internet y quedé impresionada. A todo el mundo le enseñaba fotos y decía «Voy a ir ahí con Ifraín». No veía la hora.

         El viernes nos levantamos muy temprano y fuimos a buscar un carro de renta a una agencia. Por suerte lo encontramos. Rentamos un Kia Picanto color blanco, parecido a los Atos que hay en México, por $75CUC al día, más un depósito de $150CUC. Lo renté por dos días. Regresamos a recoger a Enano, Cris y Yole, y arrancamos a la playa.

Tengo que hacer una pausa para aclarar que Ifra tenía una obsesión por manejar. Él me contó que alguna vez su mamá estuvo muy bien económicamente y tenían un carro. En ese entonces Mimi vivía con un señor al que le decían Papito. Ifra y Mimi sufrieron mucho con ese señor porque era un cabrón: mujeriego, mentiroso y muy ojete. Nunca dejó que Ifra manejara el carro. Cuando Mimi y Papito se separaron, él obligó a Mimi a vender el carro (a pesar de que ella lo había comprado) y repartirse el dinero en partes iguales. Después, Papito le pidió prestado a Mimi algo del dinero que ella había recibido por la venta del carro y nunca se lo pagó. Ifraín tenía mucho resentimiento con ese hombre y también con su mamá por todo lo que permitió. Así, Ifra desarrolló un fanatismo, como él mismo lo dice, por manejar carros, y no perdió la oportunidad de manejar el Picanto. El problema era que no tenía licencia.

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         Íbamos saliendo de la ciudad de Camagüey, cerca del aeropuerto y yo estaba muy nerviosa. Sentía que en cualquier momento la policía nos detendría y se darían cuenta de que Ifraín no tenía licencia. ¡Nos meteríamos en tremendo lío! Me imaginaba a Ifra tras las rejas y yo llorándole a la policía para que lo dejaran salir (acuérdense que tengo mente fatalista). En fin, estuve insistiéndole a Ifra que me dejara manejar para que no tuviéramos ningún problema. Fue tanta mi insistencia (lo estuve chingue y chingue) que se detuvo y cambiamos de lugar. A unos metros de hacer el cambio un oficial de tránsito nos detuvo. No nos habíamos dado cuenta que detrás de un árbol había una patrulla estacionada. Me puse a temblar como una gelatina.

— Buenos días, ¿me permite sus documentos? Su pasaporte, licencia de manejo y los documentos de renta del carro. También necesito ver la licencia de conducir del joven. Él venía conduciendo hace unos minutos.

— ¡Me lleva la que me trajo! — pensé.

Le di todos mis documentos y obviamente nos hicimos tontos con la licencia inexistente de Ifra. El oficial volvió o pedirla.

— No tengo — dijo Ifra.

— Entonces les voy a pedir que salgan del auto para ponerles una multa.

         Ifra y yo estábamos asustadísimos. Nos quedamos pasmados dentro del auto. Yole y Enano salieron del carro para intentar negociar con el policía. Cruzaron la calle para hablar con el jefe que estaba dentro de la patrulla. Luego de unos minutos llamaron a Ifra para que fuera para allá. Yo no sabía que estaba pasando. Cinco minutos después Ifraín y el jefe policiaco se acercaron a mi ventanilla.

— ¿Qué tú crees? ¿Qué harías si me tuviera que llevar a este tipo preso? — me dijo el oficial con seriedad.

— ¿Qué? ¡Nooo! — contesté nerviosamente.

— Tuvieron suerte de que yo estuviera aquí. A este niño lo conocí desde que andaba con la teta. No lo dejes manejar más, maneja tú.

— Jajajaja ok, gracias.

 

           Ifraín llenó un vaso desechable de tequila y se lo dio a los policías. Continuamos nuestro camino. Una hora y media después estábamos en Santa Lucía.

        Santa Lucía es un poblado pequeño, hay algunos hoteles y muy pocas casas. Las playas son bellísimas, aunque en algunas partes hay muchas algas, predominan los colores azul y verde claro en sus aguas. El agua no te llega más allá del pecho y es cálida. Vale mucho la pena conocer este lugar que no es tan popular como Varadero, pero no le pide nada a aquel sitio tan turístico y caro.

         Paramos en una palapa en donde pedimos de comer. Ya saben lo que comimos: arroz, ensalada, pollo y pescado frito. Y ya saben lo que tomamos: Cristal y Bucanero. Mientras nos servían de comer Ifra y yo nos separamos de los demás, de hecho estuvimos parados afuera del baño. Me acuerdo que nos quedamos ahí como una hora, conversando, abrasándonos y besándonos. No sé muy bien de qué hablamos. Es curioso cómo podemos recordar los momentos tristes detalladamente, pero cuando estamos muy felices se nos nubla el pensamiento. Sólo recuerdo que me preguntaba si me sentía bien con él y yo le respondía que sí. También me confesó que la noche en que llegué a Trinidad él estuvo afuera del hostal donde yo me hospedaba desde antes de las diez, pero que estaba tan nervioso que dudaba en tocar el timbre y tuvo que dar varias vueltas a la cuadra, hasta que yo lo llamé y se atrevió a acercarse a la casa.

         Más tarde intentamos meternos al mar, pero en la parte donde estábamos había muchas piedras y sólo estuvimos adentro unos minutos. Cristina y Yole se quedaron dentro y desde lejos Ifra, Enano y yo veíamos como sus cuerpos estaban muy juntos y se movían de una manera sospechosa. Nos moríamos de la risa.

Regresamos a Camagüey como a las 7 de la noche. En el camino de regreso Ifra me hizo una pregunta:

— Mi amor, quiero pedirte un favor. Si es posible me lo dices y si no se puede no importa.

— A ver, dime.

— Me gustaría que llegando a Camagüey saliéramos a cenar con mi mamá y su esposo. Sólo los cuatro. Quiero llevarte a conocer el mejor restaurant de la ciudad, pero me da pena también porque es un poco caro.

— Me gusta tu idea, quiero convivir más con tu mamá y su esposo, casi no he hablado con ellos. ¿Cómo cuánto dinero nos gastaríamos por los cuatro?

— Como 25-30 dólares.

— Ahhhhh ok. Pensé que me ibas a decir que como 100. Está bien, vamos.

Llegando al hostal le dije a Cristina sobre nuestros planes. No parecía muy contenta, pero la verdad es que las dos necesitábamos un descanso una de la otra. Ella y Yole cenaron cerca de ahí y después toda la noche… ya se imaginarán.

         Nosotros nos arreglamos y nos fuimos a cenar a Papito Rizzo. Cuando llegamos nos dieron un tour del restaurant, porque éramos los únicos clientes. El lugar era muy agradable, aunque estaba metido en un reparto descuidado de la ciudad. Era una terraza al aire libre alumbrada por muchos focos decorativos. Alrededor había pequeñas cabañitas o ranchones, como les dicen en Cuba, para las familias que querían más intimidad. Al fondo del lugar había una especie de chapoteadero para los niños y un bar cerrado con aire acondicionado. Subimos unas escaleras hacia una terraza-balcón que había en la parte superior. ¡Estaba lindísima! Recuerdo que a Ifra y a mí nos gustó mucho ese lugar. Nos dirigimos hacia las escaleras para finalmente tomar nuestro lugar en la mesa donde cenaríamos. Mimi y Ronni bajaron primero. Ifra me tomó del brazo deteniéndome y dijo:

— Sí tú y yo nos casamos algún día podemos hacer la fiesta aquí si quieres. Aquí sí cabe todo el familión mexicano.

Las gaviotas volvieron a mi estómago, como aquella tarde en que me acercaba a Trinidad.

Nos sentamos a comer comida criolla que estaba buenísima, Ifraín pidió el platillo que es la especialidad de la casa: milanesa de puerco empanizada, rellena de jamón y queso. ¡Delicioso!

— Oye Mimi, así como la ves de chiquitica y calladita, ésta es una cabrona bandolera. Imagínate tú que ya hasta vivió sola en Nueva York. — dijo Ifra.

—¿Verdad Dani? — preguntó Mimi.

— Sí, estuve 8 meses viviendo en Nueva York. — contesté.

— Nueva York, donde hacen la fiesta de fin de año. Un día pasaremos año nuevo en Nueva York. — dijo Ronni mientras abrazaba a Mimi y le daba un beso en la frente.

 

Mi estómago se encogió al escuchar las palabras y ver el gesto de Ronni. No hablamos mucho en la cena, o al menos no de temas trascendentales que merezca la pena mencionar. Fuimos a dejar a los suegros a su casa a eso de la 1 de la mañana.

— ¿Nos vamos al hostal o quieres ir a otro lado? — preguntó Ifraín.

— Mira vamos al hostal 5 minutos porque en la cena manché mi vestido y me gustaría cambiarme y después vamos a algún lado. Vamos a aprovechar que estamos solos, que Cristina está entretenida jajajaja.

— Ok mi amor.

Fuimos un momento al hostal y me puse un vestido blanco que llevaba, estaba divino. Cuando Ifra me vio se quedó de a seis.

— ¿Así te vas a ir vestida?

— Sí, ¿Por qué? ¿No te gusta?

— ¡Me encanta! ¡El vestido está lindísimo! ¡Y tú te ves lindísima! Voy a tener cuidado y cuidarte de los hombres.

         Salimos a la calle y por supuesto Ifraín manejó. Yo, todo el tiempo con el Jesús en la boca. Paseamos en el coche por Camagüey, la ciudad de los tinajones. Por todos lados se pueden ver y se dice que se utilizaban en la época colonial para almacenar agua durante tiempos de sequía y poder regar las plantaciones de caña de azúcar. Cuba era la colonia productora de azúcar más importante para España. Cuenta la leyenda que aquel que tome agua de tinajón regresa obligadamente a Camagüey. No sé, quizá yo tomé en esos días que estuve ahí.

          El centro de Camagüey es conocido como «el laberinto» por sus calles angostas y complicadas. Cuando llegamos ahí y empecé a ver las calles le dije a Ifra «Ahhh llegamos al laberinto». Ifra se impresionó de que yo supiera tantas cosas sobre Camagüey sin haberla conocido antes. Fuimos recorriendo las calles solitarias del centro y yo me maravillaba con la arquitectura y los colores que observaba. Y de repente me llevé una sorpresa que no me esperaba. A mitad de una de las calles encontramos una pequeña plaza llamada «El Callejón de los Milagros» con una imagen del póster de la película mexicana del mismo nombre. Fue una linda sorpresa; encontrar un rinconcito de Camagüey que se llamara como una de mis películas mexicanas favoritas.

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         Después de merodear por el centro de la ciudad fuimos a parar a una discoteca, «El Copa». Era un lugar muy pequeño y estaba «a full» esa noche. Cuando llegamos nos encontramos a Andy, un amigo de la infancia de Ifra. Ifraín y Andy platicaron unos minutos y después el negrito y yo nos fuimos a una mesa al fondo, para poder estar solos. La pasamos súper bien.

Regresamos a la casa a eso de las 4 de la mañana e Ifra me pidió que me quedara con él un momento en el pórtico, mientras se fumaba el último cigarro de la noche. Yo me sentía feliz. No es algo de todos los días el que una pueda estar a esa hora abrazando y conversando con una persona a la que se ama. Observábamos el cielo estrellado de la ciudad de los tinajones, cuando de pronto, dos estrellas brillantes aparecieron en el firmamento. Nos llamaron la atención. Una de ellas empezó a moverse súbitamente y la otra la siguió, como cuando dos mariposas vuelan juntas, una detrás de la otra. Después de perseguirse por cuestión de segundos, las dos se perdieron en la inmensidad.


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